Otegi, preso de su pasado

Mientras Arnaldo Otegi insistía estos días en su intención de ser candidato a lehendakari, olvidaba a su principal enemigo para conseguirlo: él mismo.

Gustave Flaubert escribió que “la Historia, como el mar, es hermosa por lo que borra”. Estos días Arnaldo Otegi ha aprovechado los vacíos informativos propios del verano para manifestar insistentemente su intención de convertirse en candidato a lehendakari y, de paso, de erigirse por fin como un líder política y éticamente legítimo a ojos, al menos, de sus potenciales votantes. En ese empeño, quienes tratan de impedir su iniciativa son tachados de enemigos. Sin embargo, Otegi ha olvidado señalar a su mayor adversario: él mismo, en concreto, su currículo, un historial marcado por algunos episodios concretos que, como indicó Stephan Zweig, reflejan la atmósfera espiritual de una época –o de una vida, en este caso–. Incluidas aquellas escenas que algunos desearían borrar con la eficacia del mar.

19 de febrero de 1979. Arnaldo Otegi, de 19 años, participa en el secuestro del directivo de Michelin Luis Abaitua. Una sentencia de la Audiencia Nacional estableció que Otegi colaboró en el traslado de Abaitua hasta un zulo minúsculo que los terroristas habían excavado en Elgoibar, localidad natal del propio Otegi. El cautiverio duró hasta el 1 de marzo. Según desveló uno de los hijos del secuestrado a Leyre Iglesias en un reportaje publicado en este periódico, los captores llegaron a jugar a la ruleta rusa con su padre e incluso le obligaron a dispararse con un arma, por fortuna, descargada.

Desde 1977, Otegi pertenecía a ETA Político-militar, una rama de la organización terrorista que constituía el brazo armado de Euskadiko Ezkerra. Como explica el historiador Gaizka Fernández en Héroes, heterodoxos y traidores, tras renegar del uso de la violencia los líderes de la formación Mario Onaindia y Juan Mari Bandrés negociaron con el Gobierno de Adolfo Suárez la reinserción de los polimilis. Pronto las cárceles se vaciaron de presos de ETApm: si en 1983 había setenta y cinco, en 1985 sólo se contaban quince. En las filas de la maltrecha organización permaneció un grupo de irreductibles, una parte de los cuales decidió continuar con la violencia y se integró en ETA Militar, el brazo de la organización terrorista que ha sobrevivido hasta hoy. Pese al lastre que suponía su pasada militancia en ETApm, de la que se tuvieron que arrepentir públicamente, dos de ellos escalarían posiciones hasta la cúpula de la organización: Arnaldo Otegi sería líder del brazo político y Francisco Javier López Peña, Thierry, delirante cabecilla de la rama militar.

La trayectoria terrorista de Arnaldo Otegi duró diez años y se frenó con su detención en Francia en 1987. Guardaba siete cartas de extorsión dirigidas a industriales de Pamplona y Vitoria para exigirles el impuesto revolucionario. Devuelto a España, fue condenado a seis años de cárcel por el secuestro de Luis Abaitua. Se le relacionó también con otros tres secuestros –los de los diputados de UCD Gabriel Cisneros y Javier Rupérez, y el de Javier Artiach, presidente de la fábrica de galletas que lleva su apellido–, pero fue absuelto por falta de pruebas. En 1993 quedó en libertad. La izquierda abertzale ya tenía engrasada su puerta giratoria: la que le llevaría a la primera fila de Herri Batasuna.

8 de mayo de 2000. Una imagen copa la portada de la mayoría de los periódicos: la del cadáver del periodista José Luis López de Lacalle cubierto con una sábana junto a un paraguas rojo. El terrorista de ETA Ignacio Olarra le había descerrajado cuatro tiros cuando volvía a casa cargado con una bolsa de periódicos. Al día siguiente, Euskal Telebista decidió entrevistar a Otegi para valorar los últimos acontecimientos.

 

El líder abertzale acudió al plató en calidad de portavoz de Euskal Herritarrok. Su ascenso en la formación política había sido fulgurante: en 1994 se había presentado a las elecciones, sin conseguir escaño; en 1995 había logrado el ansiado sillón del Parlamento vasco gracias al abandono de la diputada Begoña Arrondo, condenada por colaborar con ETA; y en 1997, tras la detención en bloque de la dirección de Herri Batasuna, había entrado en la Mesa Nacional como portavoz. Otegi había escalado a la cúspide del brazo político de ETA. Como escribió Fernando Savater, era un terrorista en comisión de servicios.

En la entrevista, Otegi afirmó que, con el asesinato de López de Lacalle, “la organización pone sobre la mesa el papel de los medios de comunicación y de determinados profesionales de esos medios que, a juicio de ETA, plantean una estrategia informativa de manipulación y de guerra en el conflicto entre Euskal Herria y el Estado”. Matar al mensajero, en el sentido más literal del dicho. El líder abertzale podría haber dado alguna muestra de empatía con la víctima y su familia, pero decidió practicar una de las especialidades de la izquierda radical abertzale: culpar al asesinado de su propio asesinato.

Tres meses después, el 8 de agosto de 2000, cuatro terroristas de ETA murieron en Bilbao al estallar el artefacto explosivo que transportaban. Se sospechaba que iban a atentar de forma inminente. Otegi se apresuró, de nuevo, a marcar sus posiciones y mostró “su solidaridad humana y política” con la “muerte de estos cuatro compañeros”. “El futuro de este país lo vamos a conquistar peleando y luchando”, sentenció. Los pistoleros se tomaron la consigna a rajatabla: ese mismo día asesinaron al presidente de la patronal guipuzcoana, José Mari Korta, y al día siguiente repitieron la operación contra el subteniente del Ejército de Tierra Francisco Casanova.

14 de noviembre de 2004. Es la fecha del último giro de timón de Arnaldo Otegi. Batasuna celebró aquella jornada su primer acto después de que la Ley de Partidos la ilegalizara. Unas 15.000 personas abarrotaban el velódromo de Anoeta. El portavoz abertzale aprovechó el baño de masas para abogar por el inicio de un proceso de paz que, como se sabría después, él ya había comenzado por su cuenta y riesgo con el socialista Jesús Eguiguren en el caserío Txillarre. Más tarde vendría el rechazo al uso de la violencia. Era su nuevo perfil, el que le granjearía apodos como el de “Gerry Adams vasco”, el de “Mandela vasco” o el de “hombre de paz”. En 2009 ingresó en prisión acusado de intentar reconstruir la ilegalizada Batasuna. Cumplió íntegramente la pena de seis años por su negativa a acogerse a beneficios penitenciarios, siguiendo la norma tradicionalmente impuesta por ETA a sus miembros. Salió de la cárcel el pasado 1 de marzo, el mismo día que, 37 años antes, el secuestrado Luis Abaitua había sido liberado.

El principal inconveniente en todos los supuestos pasos hacia la paz que ha dado Arnaldo Otegi se resume en una palabra: “pero”. En cada amago de revisión crítica del pasado, Otegi introduce la adversativa que desmorona toda su argumentación. En 2004 dijo que Batasuna debía optar por vías democráticas, pero no pidió el cese de la violencia; en 2012 pidió perdón a las víctimas, pero fue incapaz de articular que matar estuvo mal; hace sólo unos días, cuando el periodista Aimar Bretos le preguntó por el daño causado por ETA, Otegi lo reconoció, pero apostilló que todos habían contribuido al sufrimiento. De ser así, se referiría a que unos lo causaban y otros llevaban el luto.

En los últimos años la izquierda abertzale y el propio Otegi se han esmerado en moldear la imagen de un líder político abanderado de la paz. Su guion incluye construir debates estériles, como el creado en torno a su condena de inhabilitación, sobre cuestiones que son exclusivamente judiciales. Nada fuera de lo previsto. Por ello, cabe la fundada sospecha de que Arnaldo Otegi esté representando un papel que disfraza su negativa a revisar su pasado y a condenar sin cortapisas el terrorismo. Pero ello no le absuelve de su porción de responsabilidad, tanto ética como política, en décadas de violencia.

Hasta que ese momento llegue, lejos de un líder política y éticamente inmaculado, Otegi seguirá siendo un mero estratega que ha renunciado a la violencia por una cuestión táctica, pero no ética. Él mismo lo dijo poco después de salir de prisión: “El final de la lucha armada tenía que haberse dado mucho antes”. Ahí radica el error: no se trata de que el terrorismo tendría que haber dejado de existir antes, sino que no tendría que haber existido nunca. Otegi no puede borrar el pasado, pero puede renegar de él. Hasta que eso ocurra, su mayor enemigo seguiráteniendo su propia sombra.

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