¿Por qué matan los terroristas?

Ni son héroes ni sus víctimas son villanos, pero tan distorsionadas imágenes tienen consecuencias reales. Por eso hay que neutralizar las fuentes del discurso del odio.

Treinta años después de la masacre de Hipercor, en la que ETA asesinó a veintiuna personas, el terrorismo ha vuelto a golpear Cataluña. Esta vez Dáesh ha causado quince víctimas mortales y más de un centenar de heridos. Aprovechando tan dramáticas circunstancias, hay quien se ha apresurado a buscar un chivo expiatorio. Así, se ha señalado que la culpa de los atentados le corresponde al Islam, a Arabia Saudí, a Israel, a EEUU, a la pobreza, al capitalismo, al fascismo, al racismo, al multiculturalismo, a la inmigración, a la acogida de refugiados, a las FCSE, al Estado, a la Casa Real, al Gobierno español, a la Generalitat catalana, a la alcaldesa de Barcelona, al presidente Trump, a ciertos episodios del pasado… Sin pruebas, por supuesto. Más que de un análisis riguroso, tales acusaciones parecen ser fruto de los prejuicios y, sobre todo, del oportunismo.

Tampoco ha faltado quien presentara a los yihadistas como perturbados o psicópatas, a pesar de que sucesivos estudios han demostrado que los terroristas no tienden a padecer trastornos de este tipo. Es una muestra de la utilidad de la literatura académica: nos permite iluminar las sombras que en ocasiones oscurecen el presente. Hoy más que nunca hace falta divulgar sus resultados para desmontar mitos y bulos.

Los investigadores llevan décadas profundizando en el porqué del terrorismo. Como precondiciones del mismo se suelen nombrar loscataluña antecedentes históricos, la tecnología, los cambios socioeconómicos bruscos, el declinar de las autoridades tradicionales, una ruptura generacional, la falta de libertades, la represión, la colonización, la discriminación de una parte de la población, la ineficacia de los cuerpos policiales, la existencia de un modelo internacional, el desarraigo de los descendientes de inmigrantes… Y como causas directas, entre otras, se mencionan la dinámica interna de la banda y sus necesidades tácticas, el estado emocional de sus integrantes, su interpretación de los dogmas religiosos o políticos, su visión de la historia, etc.

En los terroristas influyen tanto el contexto como vectores totalmente subjetivos. Los yihadistas se consideran muyahidines combatiendo en una guerra santa, del mismo modo que los etarras se veían como gudaris luchando en un secular conflicto, los miembros de grupos de extrema izquierda como la vanguardia de la revolución o los de bandas parapoliciales como salvadores de un Estado incapaz de protegerse a sí mismo. Creen servir a un fin tan noble que justifica cualquier medio, por muy sanguinario que sea. Y perciben a sus “objetivos” como enemigos peligrosos, perversos e infrahumanos, a los que es necesario eliminar. Por supuesto, ni los terroristas son héroes ni sus víctimas son villanos, pero tan distorsionadas imágenes tienen consecuencias reales. Esa es la razón por la que es esencial localizar (y neutralizar) las fuentes del discurso del odio. Hay intelectuales que lo elaboran y adoctrinadores, del estilo del imán de Ripoll, que lo transmiten a los jóvenes a los que se pretende radicalizar e incitar a la violencia. También hubo propagandistas de la ira en el caso de ETA: bastantes de ellos anónimos, pero otros tan conocidos como Federico Krutwig o Telesforo Monzón.

Los agentes de radicalización juegan un papel clave en la génesis de la violencia, así como el resto de los factores enumerados en los párrafos precedentes. Todos ellos condicionan a los terroristas. Sin embargo, a la hora de la verdad hacen uso de su libre albedrío. Toman sus propias decisiones. Tal punto de vista no es novedoso. Tiene sus orígenes en el ya clásico artículo “The Causes of Terrorism”, publicado en 1981, en el que Martha Crenshaw defendía el paradigma de la elección deliberada. Siguiendo a dicha autora, en cuanto actores racionales, tanto la organización como los individuos que la componen escogen intencionadamente el terrorismo como estrategia para conseguir sus objetivos. Y lo hacen de manera consciente, tras desechar otras alternativas que creen más costosas o menos efectivas para sus propósitos. Tal decisión se toma bajo el influjo de unas circunstancias concretas, pero a la postre lo que pesa es la voluntad humana.

El determinismo histórico, la mera contextualización o las teorías monocausales no explican este tipo de violencia. Los terroristas no cumplen con un destino inevitable. No son locos, ni autómatas, ni marionetas, ni víctimas del sistema. Cuando cometen un crimen, suelen escudarse detrás de una u otra excusa. Mienten y se mienten. Ahora bien, por utilizar la expresión de Eric Hoffer, existen algunos fanáticos sinceros. Valga como muestra este fragmento de la carta de despedida que Abdennabi Kounjaa, uno de los terroristas que perpetraron la matanza del 11-M, escribió a sus familiares: “Os habéis puesto en contra de mis pensamientos y de mi deseo. Yo me he sacrificado partiendo de mi total convicción (…). Por ello, ha sido mi voluntad la que ha optado por el camino del yihad”.

Es un camino idéntico al de quienes cometieron los atentados de Barcelona y Cambrils. Por muy condicionados que estuviesen, podían haber tomado una vía diferente, pero no lo hicieron. Lo mismo que los etarras en su momento. Todos ellos son responsables de sus actos.

Los terroristas matan porque deciden matar.

*Este artículo fue publicado en el diario El Correo el 18 de septiembre de 2017.