ETA y el 18 de julio… de 1961

La banda terrorista ETA cometió el 18 de julio de 1961 uno de sus primeros y más desconocidos atentados: el intento de descarrilar un tren en el que viajaban excombatientes franquistas.

ETA surgió en 1958 con el objetivo último de continuar la Guerra de 1936, que la banda no entendía como una contienda civil sino como el último episodio de una supuestamente secular lucha de independencia contra el ocupante español. Desde un principio, la organización acusó al PNV de pasividad e inoperancia mientras se planteaba la utilización de la violencia. El Libro blanco de ETA (1960) establecía que ‘la liberación de manos de nuestros opresores requiere el empleo de armas cuyo uso particular es reprobable. La violencia como última razón y en el momento oportuno ha de ser admitida por todos los patriotas’. No es de extrañar que el grupo se dotara de una ‘rama de acción’ que, en diciembre de 1959, se estrenó colocando tres explosivos caseros contra el Gobierno Civil de Álava, una comisaría de Policía de Bilbao y el diario Alerta de Santander.

Dos años después, ETA anunciaba que ‘la Resistencia Vasca se prepara para una nueva fase de ETA zutikgigantescas proporciones. Preparémonos todos para la gran hora que se acerca’. El 18 de julio de 1961, hace ahora 55 años, los etarras quemaron tres banderas rojigualdas en San Sebastián y sabotearon la línea férrea por la que iba a pasar un tren de ex combatientes franquistas que acudían a la capital guipuzcoana para conmemorar el 25º aniversario del Alzamiento Nacional. Fue un fiasco. En vez de descarrilar, el convoy no tardó en continuar su trayecto. La esperada ‘gran hora’ todavía no había llegado. Ahora bien, el sabotaje tenía un gran valor simbólico: suponía una tentativa de venganza contra quienes en 1937 habían derrotado a los gudaris, de los que los autoproclamados nuevos gudaris de ETA se reclamaban herederos.

El frustrado descarrilamiento tiene otra lectura. Y es que el ataque estaba dirigido contra aquéllos a los que la organización definió como ‘traidores a Euzkadi’, es decir, los ‘ex combatientes vascos franquistas’. Su sola existencia cuestionaba la interpretación de la Guerra Civil como una conquista española, ya que recordaba que una parte de los vascos había apoyado la sublevación del 18 de julio: Álava y Navarra fueron dos de las provincias que más voluntarios aportaron al ejército franquista. Era un dato que había que borrar de la Historia.

La Dictadura reaccionó con contundencia contra aquellos novatos adversarios. Las detenciones realizadas por las fuerzas policiales tuvieron un alto precio a nivel organizativo, lo que propició que un puñado de etarras cuestionaran la idoneidad de la ‘lucha armada’, prefiriendo tácticas de resistencia civil. Quizá dichas discrepancias estaban detrás del ambiguo tratamiento de la violencia que se plasmó en los Principios de la I Asamblea de ETA (1962): ‘Se deberán emplear los medios más adecuados que cada circunstancia histórica dicte’. De cualquier manera, el debate fue efímero, ya que la mayoría de los etarras se posicionaron como firmes partidarios del empleo de las armas. Desde su punto de vista, se trataba del instrumento más efectivo para lograr sus objetivos políticos.

El hecho de que hubiese miembros de la organización contrarios a la violencia demuestra que ésta no era inevitable. Cuando los etarras comenzaron a matar no estaban cumpliendo con su ineludible destino, que no estaba escrito. Sus atentados no eran el último episodio de un milenario ‘conflicto’ étnico entre vascos y españoles, porque éste sólo existía en el imaginario bélico del nacionalismo radical. Y, desde luego, los integrantes de ETA no respondían como autómatas a una coyuntura concreta. Es cierto que el marco dictatorial, que abocaba a los disidentes a la cárcel o a la clandestinidad, volvía muy atractiva la ‘lucha armada’ a ojos de las fuerzas antifranquistas, pero la casi totalidad de ellas se enfrentaron a Franco sin mancharse las manos de sangre.

Los jóvenes activistas de ETA estaban sometidos a la influencia de otros factores. En el orden externo, además del ultranacionalismo español y del centralismo del régimen, cabe mencionar el sentimiento agónico que les causaba el retroceso del euskera y la llegada de miles de inmigrantes, vistos como colonos, así como la adopción como modelo de los movimientos anticoloniales del Tercer Mundo. En el plano interno hay que señalar el nacionalismo vasco radical, el odio derivado de una lectura literal de la doctrina de Sabino Arana, el ya mencionado relato acerca de un secular ‘conflicto’, el deseo de vengar a los viejos gudaris de 1936 y las ansias de superar al PNV.

Sin embargo, por mucho que condicionaran a los etarras, tales elementos no determinaron su actuación. Basta comparar la trayectoria de los miembros de ETA y la de los de EGI -las juventudes del PNV- o incluso la de Los Cabras de Xabier Zumalde, la primera escisión militarista de la banda. Unos y otros estaban influidos por todos los factores que se han enumerado en el presente párrafo, pero sólo los etarras decidieron matar.

ETA no se decantó definitivamente por la violencia hasta el 2 de junio de 1968, día en el que su órgano dirigente tomó la resolución de preparar el asesinato de José María Junquera y Melitón Manzanas, los jefes de la Brigada Político-Social de Bilbao y San Sebastián respectivamente. El encargado de planificar y comandar esta última operación era Txabi Etxebarrieta, quien en el manifiesto de ETA para elAberri Eguna había asegurado que ‘para nadie es un secreto que difícilmente saldremos de 1968 sin algún muerto’.

Cinco días después de aquella reunión, el automóvil robado en el que viajaban Txabi y su compañero Iñaki Sarasketa tomó la carretera Madrid-Irún, que se encontraba en obras, razón por la que los guardias civiles José Antonio Pardines y Félix de Diego Martínez estaban regulando el tráfico, cada uno en un extremo del tramo afectado. El control de Pardines se situaba a la altura de Villabona (Guipúzcoa). Allí, como parte de la rutina, detuvo sucesivamente a una serie de vehículos. El último de ellos era el de Etxebarrieta. Cuando el agente comprobó que los números de la documentación y del bastidor del coche no coincidían, Txabi tomó una decisión trascendental: disparó a Pardines por la espalda. El guardia se desplomó y, una vez en el suelo, Etxebarrieta lo remató de tres o cuatro tiros en el pecho.

Unas horas después la espiral de acción-reacción que había puesto en marcha, se llevó por delante la vida del propio Txabi en un confuso tiroteo que se entabló con agentes de la Benemérita en Benta Haundi (Tolosa, Guipúzcoa). Al comprobar la solidaridad popular que despertó esta muerte, que ocultó la de Pardines, una nueva sesión del órgano dirigente de ETA reactivó la operación: el 2 de agosto un comando asesinó a Manzanas. El régimen franquista reaccionó tal y como la organización esperaba: con una represión torpe y brutal, que los etarras utilizaron como justificación para cometer nuevos atentados…

Según el Informe Foronda de Raúl López Romo, la apuesta de ETA por el terrorismo ha causado 845 víctimas mortales, por no hablar de las personas heridas, secuestradas, extorsionadas, exiliadas o amenazadas. Ésa es su responsabilidad. Ahora bien, lejos de asumirla, el nacionalismo vasco radical sigue aferrándose a la narrativa del ‘conflicto’, que le permite dotar de un sentido trascendental a todo lo que hicieron los etarras y quienes les aplaudieron. Sirve para legitimar aquello que, de otro modo, serían simples crímenes. Su empeño en blanquear el pasado de la banda implica mantener el caldo de cultivo que ha nutrido de significado al odio y la violencia. Los historiadores tenemos el deber cívico de hacer algo al respecto: investigar con seriedad, rigor y método para divulgar los resultados entre la ciudadanía. Sólo con un doloroso pero cauterizador examen crítico de nuestro pasado reciente podremos evitar que los hechos queden sepultados por el olvido, las medias verdades o las mentiras interesadas.