La primera bomba de ETA

En otoño de 1959 la banda terrorista puso tres bombas, la primera de las cuales estalló en el Gobierno Civil de Vitoria. Justo al lado se emplazará el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo.

A finales de 1958, en plena dictadura franquista, unos jóvenes nacionalistas vascos radicales fundaron ETA. Aunque su apuesta por la violencia era inequívoca, no causaron la primera de sus más de ochocientas víctimas mortales hasta el 7 de junio de 1968: el guardia civil José Antonio Pardines Arcay. Aquel asesinato supuso un salto cualitativo en la senda de lo que los etarras llamaban “lucha armada”. Ya no hubo vuelta atrás. Ahora bien, ¿cuándo, dónde y cómo se habían adentrado en ella? ¿Cuál fue el primer atentado de la banda terrorista?

Portada Diario Vasco 28 junio 1960

Begoña Urroz, de veintidós meses, falleció el 28 de junio de 1960 a causa de una explosión en la estación de Amara, en San Sebastián.

Aunque sin pruebas, a menudo se ha achacado a ETA la colocación de sendas bombas en el Gobierno Civil de Vitoria, el diario Alerta de Santander y una comisaría de Policía en el bilbaíno barrio de Indauchu. Se supone que las detonaciones se produjeron en diciembre de 1959. Sin embargo, la documentación desmiente tal fecha. El director de Alerta envió una carta en la que informaba a su superior de que el artefacto había estallado “junto al muro de nuestra casa cerca a la de los almacenes” en la madrugada del 24 al 25 de octubre. El día no parece elegido por casualidad: se trataba del 120º aniversario de la Ley del 25 de octubre de 1839, que confirmó los fueros vascos y navarro “sin perjuicio de la unidad constitucional de la Monarquía”. Sabino Arana y sus seguidores interpretaron la entrada en vigor de tal norma como la pérdida de la independencia de Euskadi, por lo que la fecha resultaba emblemática para el nacionalismo vasco. No sabemos cuándo estallaron las bombas de Vitoria y Bilbao, pero no lo hicieron en diciembre de 1959, ya que se las menciona en dos boletines del mes anterior: Alderdi, órgano oficial del PNV, y Eusko Gaztedi, revista vinculada a las juventudes nacionalistas.

Las fuentes aportan datos escasos acerca de esta cadena de atentados. Apenas lo hace la documentación policial. Tampoco los periódicos editados en España, que carecían de libertad de prensa. Solo así se explica que de la bomba contra las instalaciones del Alerta no diera noticia ni ese mismo diario. Los atentados sí aparecieron, en cambio, en medios extranjeros como The New York Times. Más espacio ocuparon en algunas de las publicaciones periódicas que los nacionalistas vascos editaban en el exilio.

Alderdi revelaba el orden en el que, “con intervalo de pocos días”, se habían producido las tres explosiones: Vitoria, Santander y Bilbao. Parece corroborarlo el hecho de que el de Vitoria fuera el primer atentado que se mencionara en Oficina de Prensa de Euzkadi, órgano oficial del Gobierno vasco: en la edición del 16 de noviembre se indicó que “en la puerta del Gobierno Civil estalló una bomba, al parecer de fabricación rudimentaria, que no causó desgracias personales”.

El boletín Eusko Gaztedi de noviembre de 1959 transcribió una serie de noticias supuestamente recogidas en los diarios caraqueños El Universal y El Nacional, versiones en español de los cables de la Agence France-Presse y Associated Press. Aunque se trata de textos de tercera mano, parecen verosímiles. Los “actos de terrorismo”, se revelaba, “consistieron en la explotación [sic] de bombas aparentemente destinadas más a atemorizar que a causar daños. Algunas de ellas han estallado frente a edificios públicos de Bilbao, Vitoria y Santander”. Según “fuentes fidedignas”, el artefacto de Vitoria “fue depositado ante uno de los muros laterales del edificio, produjo ligeros desperfectos y no hubo víctimas”. El de Bilbao había detonado “contra la fachada de la dirección local de Policía, y provocó algunos daños materiales”. También se aludía a un incendio en el periódico Hierro “y se considera la posibilidad de un acto de sabotaje”.

En el siguiente número de Eusko Gaztedi se notificó “que las bombas colocadas en el Gobierno Civil [de Vitoria] eran dos. Una estalló causando desperfectos de poca importancia. A la otra le falló el mecanismo y no explotó”. Se trataba del único medio que hacía referencia a un segundo artefacto contra aquel edificio, por lo que hay que poner el dato en cuarentena. En cualquier caso, a decir de Eusko Gaztedi, “la prensa franquista” había negado que se hubiera producido un atentado en el Gobierno Civil. “Como todo Vitoria oyó el estruendo de la bomba (la oyeron hasta en el Prado), el franquismo ha inventado una versión que ha hecho pública: que el estruendo que atronó a Vitoria se debió a la explosión de un calderín. Pero nadie lo cree”.

La práctica totalidad de las publicaciones coincidían en que los explosivos tenían el sello del nacionalismo vasco. Eusko Gaztedi mencionaba “a los miembros de la Resistencia Vasca”. Euzko Deya subrayaba que “las informaciones, en general, atribuyen estos hechos a los patriotas vascos, es decir, a la resistencia patriótica vasca”. Y Radio París, según afirmaba Eusko Gaztedi, había asegurado “que la bomba colocada en el periódico falangista Alerta de Santander era obra de los nacionalistas vascos”. En el mismo sentido apuntan las fuentes orales. No obstante, por aquel entonces había en activo distintas organizaciones abertzales. ¿Cuál de ellas fue la responsable?

Hasta ahora se había pasado por alto que el atentado de Vitoria fue reivindicado públicamente por el FNV, Frente Nacional Vasco, un grupúsculo neoaranista que contaba con presencia en Venezuela, Méjico y Argentina. En su revista Irrintzi se podía leer: “La explosión de la bomba en el Gobierno español de Gazteiz es el signo inequívoco y cierto del unánime sentir del Ideal sabiniano en nuestra indomable juventud y de que se están tomando las obligadas posiciones ante la situación caótica que muy pronto se presentará en España y por lo tanto en Euzkadi. El Frente Nacional Vasco, con el que Irrintzi tiene las mejores relaciones, ha acertado plenamente en la elección del momento propicio para realizar su exitosa campaña de agitación independentista que ha tenido resonancia internacional”. La publicación advertía: “Va a haber fuegos artificiales para rato”.

Una parte de los miembros del FNV provenían de Jagi-Jagi (Arriba-Arriba), una escisión extremista que el PNV había sufrido durante la II República. Ambas organizaciones mantenían estrechos lazos y un discurso idéntico, por lo que a veces se las confundía. Por eso, aunque un cable de la Agence France-Presse informaba de que, “según noticias de buena fuente, recibidas de San Sebastián”, los jagi-jagis eran responsables de las bombas, es probable que en realidad se estuviese haciendo referencia al FNV.

De cualquier manera, desde la perspectiva del régimen franquista, no eran los principales sospechosos. Según la Memoria del Gobierno Civil de Vizcaya, “los separatistas vascos venían actuando desde el año anterior [1959] en la forma clandestina por ellos acostumbrada: Pegar pasquines y hacer suscripciones tanto en la capital como en la provincia. Poco a poco van tomando auge sus actividades, más tarde rompen la lápida de los Caídos en la Ermita de Peña Lemona, ensucian con pintura el Monumento a los Caídos de Guecho, llenan de letreros subversivos el Instituto y la Escuela de Comercio, colocan una bandera separatista en una Iglesia de Bermeo y finalmente lanzan una bomba al jardín de la Jefatura Superior de Policía. Las gestiones para localizar a los autores de estos hechos dieron su fruto al descubrir al grupo clandestino Euzko-Gaztedi, autor de los mismos”.

EGI, Euzko Gaztedi (Juventud Vasca) del Interior, dependiente del PNV, llevaba meses desplegando un activismo inusitado para la época: pintadas, colocación de ikurriñas, reparto de propaganda, etc. Las FOP persiguieron a EGI hasta su práctica desarticulación: sus militantes fueron detenidos o huyeron. En las redadas también cayeron, además de algún veterano jagi-jagi, cuatro etarras que anteriormente habían pertenecido a las juventudes del PNV. Únicamente pasaron unos días en comisaría.

Es comprensible, por tanto, que cada vez más autores hayan cuestionado la implicación de ETA en las explosiones de 1959. A fin de cuentas, la organización jamás las reivindicó. Y, si lo hubiera hecho, nadie hubiese sabido qué se escondía bajo aquellas siglas. Por ejemplo, en marzo de 1960 The New York Times hacía un repaso de los “cinco movimientos políticos clandestinos” antifranquistas que operaban en el País Vasco: el PNV, el PSOE, los republicanos, Acción Nacionalista Vasca y los monárquicos. ETA no estaba incluida. De hecho, no aparecería en las hojas de ese y otros periódicos hasta el año siguiente, con motivo del intento de descarrilamiento del tren del 18 de julio de 1961, su primer atentado reivindicado.

No obstante, en Lazkaoko Beneditarren Fundazioa (la Fundación de los Benedictinos de Lazcano) se custodia un documento, escrito por Julen Madariaga en 1964, pero inédito hasta ahora, que nos obliga a volver a la hipótesis inicial. “Pero es en 1959 cuando se le da impulso [al cambio estratégico]. Se trataba de salirnos de nuestra reducida área y comenzar a asomarnos al mundo exterior, al pueblo de Euzkadi en general. En otras palabras: ETA empieza a hacer propaganda fuera de sus propias filas (…). Se da otro gran paso cuando se inician las primeras acciones, también en 1959 (breadas [pintadas], banderas de tela y banderitas de papel, etc.). A fines del mismo año se colocan las primeras bombas caseras en Santander, Bilbao y Gasteiz. Son los primeros pinitos. No se deja nuestra firma, no decimos que es ETA quien lo ha hecho. La policía del ocupante cree que es EG[I], puesto que aún nos desconoce por completo”.

Dicho texto sirvió de base a otro posterior de José Antonio Etxebarrieta, de 1967, en el que también se indica la autoría de las explosiones: “En el mismo 1959 se realizan las primeras acciones: breadas, ikurriñas de papel y tela, etc. A finales del mismo año se colocan en Gasteiz, Bilbao y Santander las primeras bombas caseras. No dejamos nuestra firma”. Esta versión iba a publicarse en un Zutik especial en 1968, pero no vio la luz por los acontecimientos del 7 de junio de aquel año: el asesinato de José Antonio Pardines a manos del hermano del autor, Francisco Javier (Txabi) Etxebarrieta, quien posteriormente fue abatido por la Guardia Civil. Aquel suceso obligó a los etarras a preparar una nueva revista.

Explosiones en Amara 28 de junio 1960

Las explosiones en San Sebastián del 28 de junio 1960, en el Diario Vasco.

El trabajo de Madariaga y el de Etxebarrieta pasaron desapercibidos. Tanto es así que, irónicamente, incluso la propia ETA se olvidó de sus primeras bombas: no aparecen ni en el listado oficial de atentados del número 79 de su boletín Zuzen ni en otras publicaciones de la banda.

Queda todavía por discernir el papel exacto que jugó el FNV en la cadena de sabotajes de 1959. En 1971 Sabindarra, su último órgano de expresión, publicó un artículo cuya lectura sugiere la probable colaboración del Frente Nacional Vasco con ETA. Al rememorar las circunstancias en las que había surgido la organización etarra, se reconocía: “entonces, más o menos, el FNV fue invitado (nosotros) a empezar a poner en marcha el activismo. Y respondimos en la medida de lo que nos fue posible inicialmente, pero ‘aquello’ resultó un fracaso. No pasamos de algunas pequeñeces activistas, y todo quedó en nada”. Y es que, desde el principio, ETA había contado con la entusiasta colaboración del FNV, su principal valedor en el exilio latinoamericano. No es de extrañar que estos veteranos ultranacionalistas llegasen a reclamar la paternidad de la banda. “Hemos tenido siempre para nosotros”, aseguraban, “que somos (…) los ‘padres’ de ETA”.

Los etarras estuvieron detrás de las explosiones de Vitoria, Santander y Bilbao del otoño de 1959. Fue su iniciación a la violencia. De acuerdo con las fuentes disponibles, ETA puso la primera de tales bombas en el Gobierno Civil de Vitoria. Hoy ese edificio lo ocupa la Subdelegación del Gobierno en Álava. A su lado, en la misma calle, se emplazará el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo. Resulta simbólico: allí donde ETA hizo sus “primeros pinitos” tendrá su sede la fundación pública destinada a “preservar y difundir los valores democráticos y éticos que encarnan las víctimas del terrorismo, construir la memoria colectiva de las víctimas y concienciar al conjunto de la población para la defensa de la libertad y de los derechos humanos y contra el terrorismo”.