Mitos que matan: la narrativa del “conflicto vasco”

  • El papel histórico de la izquierda abertzale ha sido legitimar el terrorismo mediante una construcción de una narrativa del “conflicto vasco”
  • Asumir el relato del “conflicto” legitima los cimientos intelectuales del terrorismo de ETA

El 20 de octubre de 2011, después de cincuenta y dos años de historia y casi 850 víctimas mortales, ETA (Euskadi Ta Askatasuna) (País Vasco y Libertad) anunció el «cese definitivo de su actividad armada». De tal forma esperaba propiciar «una solución justa y democrática al secular conflicto político». Por descontado, los etarras no se habían acostado violentos para despertarse adalides del civismo y la tolerancia. Su apuesta por los cauces institucionales estaba forzada por la efectividad de la acción policial y judicial. Además, era meramente táctica. Dando la vuelta a la sentencia de Carl von Clausewitz, la banda terrorista contemplaba la política como la continuación de su «guerra» por otros medios.

ETA y su entorno civil, la autodenominada «izquierda abertzale» (patriota), denominan a su particular guerra «el conflicto vasco»: una contienda étnica en la que los invasores españoles y los invadidos vascos llevarían enzarzados desde hace centurias. Esta visión del pasado de Euskadi ha hecho fortuna, lo que se refleja en su extensión a ámbitos ajenos al nacionalismo radical. Gracias a su bien engrasado aparato de propaganda, que ahora cuenta con apoyo institucional, se ha promocionado una reescritura de diferentes episodios históricos para hacerlos encajar en la tesis del «conflicto»: las revueltas bagaudas en el Bajo Imperio Romano, la relación de los vascones con la monarquía visigoda, la derrota franca en Roncesvalles (778), las legendarias batallas medievales narradas por Sabino Arana, la anexión de Navarra en 1512, la conflictividad social en la Vizcaya de la Edad Moderna, las guerras carlistas del siglo xix, la civil del siglo xx o los atentados de ETA.

La historiografía académica, evidentemente, apunta hacia otra dirección. No hay prueba alguna de que todos estos hechos fueran fruto de las supuestas agresiones «españolas» a una nación vasca avant la lettre. Tampoco existe un hilo de continuidad entre los vascones que vencieron a la retaguardia del ejército de Carlomagno, los defensores navarros del castillo de Maya (1522), las tropas del general Tomás de Zumalacárregui, la partida guerrillera del cura Santa Cruz, los gudaris (soldados nacionalistas vascos) de 1936 y los militantes de ETA. La de la «izquierda abertzale» no ha sido una guerra real, sino una «guerra imaginaria», como la bautizó Antonio Elorza. Como tal, el «conflicto vasco» sólo ha existido sobre el papel.

No obstante, la pluma y la espada pueden ser igual de efectivas. La hábil construcción y difusión de la narrativa histórica del nacionalismo vasco radical ha conseguido que, a la postre, esta contienda ficticia tenga algunas de las consecuencias políticas que hubiera tenido una guerra auténtica. En opinión de Walker Connor, «los mitos varían enormemente en cuanto a su concordancia con la realidad. Ahora bien, sean cuales fueren sus fundamentos reales, los mitos engendran su propia realidad, ya que, por lo general, lo que más relevancia política tiene no es la realidad, sino lo que la gente cree que es real».

El presente artículo no pretende agotar un tema tan complejo y con tantas ramificaciones como el del relato histórico del «conflicto vasco», tarea para la que se necesitaría un espacio mucho mayor. De lo que aquí se trata es de realizar un acercamiento a los orígenes intelectuales de dicho concepto, estudiar cómo y por qué ha servido de fundamento discursivo para la acción de ETA y su entorno, e identificar los principales efectos que ha tenido en la historia reciente de Euskadi, así como, al menos superficialmente, sus implicaciones en el presente. El primer paso para lograrlo es entender el mecanismo que hace que funcionen las narrativas históricas del nacionalismo en general.

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