¿Es real la amenaza del terrorismo nuclear?

El terrorismo, por definición, trata de atemorizar, no sólo a través de los daños reales que causa, sino a través del eco que estos tienen en los medios de comunicación, que pueden favorecer una percepción exagerada de la amenaza y hacer así el juego a los terroristas. ¿Es esto lo que ocurre con los comentarios que se han hecho acerca de un posible empleo terrorista de armas nucleares? La respuesta ha de ser matizada: la amenaza del terrorismo nuclear puede ser exagerada, pero tiene una base real y es necesario incrementar las medidas de seguridad. Un paso importante en esa dirección se ha dado este 8 de mayo.

El propio director del Organismo Internacional de la Energía Atómica, Yukiya Amano, advirtió seriamente del peligro con ocasión de la Cumbre Internacional de Seguridad Nuclear que tuvo lugar en Washington a finales del pasado mes de marzo. Fue la cuarta de tales cumbres, que se vienen celebrando desde 2010, por iniciativa del presidente Obama, con el fin de impulsar medidas para el control del material radioactivo en todo el mundo.

Por pura coincidencia, la cumbre se celebró pocos días después de los atentados del Daesh en
Bruselas del 22 de marzo, en relación con los cuales han sido muy comentados algunos incidentes inquietantes. En noviembre pasado se enconarmas quimicastró en el registro de una guarida del Daesh un video, supuestamente grabado por los hermanos El Bakraoui, dos de los terroristas suicidas del 22 de marzo, en el que se seguían los pasos del director del Centro de Estudios Nucleares de Bélgica. E inmediatamente después de los atentados fueron suspendidos de empleo cuatro trabajadores de la central nuclear belga de Tihange, lo que puso de relieve el temor a complicidades en el interior de instalaciones nucleares. De ello hay un claro precedente en Bélgica, donde el 4 de agosto de 2014 un reactor de la central de Doel sufrió daños graves por un sabotaje interno, cuyos autores no fueron identificados.

De ahí la importancia de que este 8 de mayo entrase en vigor una enmienda que amplía considerablemente el alcance de la Convención para la Protección Física del Material Nuclear de 1997, que han suscrito 152 estados. Dicha convención imponía rigurosas medidas de seguridad en el transporte internacional de material radioactivo, pero la enmienda extiende las obligaciones de los estados firmantes a la seguridad en el almacenamiento y transporte del material radioactivo en el interior de sus territorios nacionales, e impone una amplia serie de medidas para incrementar la seguridad. Cabe recordar que la enmienda se pactó en 2005 pero que su entrada en vigor ha exigido su ratificación por dos tercios de los estados firmantes de la convención, objetivo que sólo se ha logrado hace un mes cuando la ratificó Nicaragua.

Ahora bien, ¿cómo podría materializarse la amenaza terrorista nuclear? En primer lugar cabe descartar que un grupo terrorista pueda detonar un arma nuclear propiamente dicha, ya que ni es verosímil que pudiera disponer de la capacidad científica y tecnológica necesaria para producirla, ni que pudiera robarla a un Estado (están enormemente protegidas y además los terroristas necesitarían conseguir también los ultra secretos códigos de activación) ni que Estado alguno estuviera dispuesto a proporcionársela a un grupo que no estuviera completamente bajo su control (en cuyo caso, de producirse un atentado, ese Estado se expondría a represalias devastadoras). La segunda posibilidad, que sería la fabricación de un artefacto nuclear improvisado, capaz de provocar la fisión nuclear pero con menor capacidad que las armas nucleares de los estados, es casi igualmente inverosímil, entre otras cosas por la dificultad de adquirir, mediante compra o robo, uranio altamente enriquecido (cuya producción directa por un grupo terrorista no es factible).

Podemos pues descartar la amenaza de una explosión nuclear terrorista, pero queda otra posibilidad, la dispersión de material radiológico. Ello podría lograrse mediante un ataque a una central nuclear que provocara un accidente del tipo del ocurrido hace ahora veinte años en Chernobyl, pero las medidas de protección física e informática de las centrales lo hacen extremadamente difícil, incluso contando con complicidades internas. Una posibilidad sería estrellar un avión de gran tamaño contra una central, en una versión nuclear de los atentados del 11S, pero aun así es dudoso que se produjera un efecto Chernobyl.

Así es que lo que más preocupa a los expertos es la dispersión de otras sustancias radioactivas distintas al plutonio y el uranio de las armas nucleares de fisión, sustancias que por ser utilizadas en muchos procesos científicos, médicos e industriales son mucho más susceptibles de adquisición por un grupo terrorista. En concreto, el peligro más grave vendría del empleo de una “bomba sucia”, es decir un artefacto que difundiría una sustancia radioactiva en la atmósfera mediante la detonación de un explosivo convencional, un tipo de atentado que, aunque sus efectos en términos de mortalidad fueran limitados, podría tener unos devastadores efectos psicológicos, y por tanto económicos y políticos. De ahí la enorme importancia de las medidas de control de las sustancias radioactivas, que la enmienda a la convención que entra en vigor el 8 de mayo reforzará a nivel internacional.