Terrorismo aéreo: entre la exageración y la inconsciencia

Hacer estallar una bomba en un avión, secuestrarlo o derribarlo es mucho más difícil que perpetrar un asesinato. Pero los terroristas seguirán intentándolo, porque conocen nuestros miedos.

Un avión despega en París rumbo a El Cairo. Como todos los días. Aunque esta vez el avión desaparece de los sistemas de detección y control aéreo poco antes de alcanzar su destino. Un temible paréntesis se abre de repente, envolviendo la vida de 66 personas. Tras las primeras horas, comienzan las conjeturas. ¿Un accidente técnico? Quizás, aunque no hay señales ni mensajes de socorro que lo prueben. Inevitablemente, la opción de un atentado terrorista gana crédito. Los medios de comunicación y las redes sociales lo plantean, autoridades y expertos la admiten como probable.

La nave pudo haber explotado al detonar un artefacto alojado en su interior, igual que le ocurrió a aquel otro avión salido de Sharm el-Sheij a finales de octubre pasado, reventado con sus 224 personas a bordo por obra del Daesh egipcio. Aunque los satélites suelen captar esas cosas y esta vez no lo han hecho. O eso se cree. La búsqueda en aguas del Mediterráneo trae los primeros restos… pero pronto se advierte que no corresponden… Pocas horas después aparecen otros restos que sí parecen auténticos. Mientras, las autoridades francesas inspeccionan las instalaciones del aeropuerto del que partió el vuelo MS804 de EgyptAir e investiga su pasaje.

Es llegado este punto cuando se redactan estas líneas. A falta de una reivindicación creíble que no se sabe si llegará (pues son muchos los atentavion-compaia-EgyptAirados que nunca se reconocen), solo el examen de los materiales encontrados podrá aclarar las causas de lo que ya parece una tragedia consumada. Pero, tanto si se confirma la tesis de un ata
que como si no, las preguntas de fondo suscitadas por la
desaparición del vuelo MS804 quedarán. ¿Es prudente hablar de atentados cuando todavía se carece de prueba alguna que pueda corroborar tal posibilidad? ¿Hasta qué punto puede comprometer el terrorismo la seguridad aérea y el correcto funcionamiento de otras redes de transporte? ¿Es correcta la percepción pública acerca de tales riesgos?

En los cuatro meses siguientes a los atentados del 11-S, los ingresos de las líneas aéreas estadounidenses cayeron casi un 20%, con pérdidas que continuaron durante todo 2002. Las compañías europeas vieron reducidas su ganancias de 2011 en más de 7.000 millones de euros. Y el tráfico aéreo descendió un 10,6%. Muchos trabajadores de la industria aérea perdieron su trabajo. Como se ve, los efectos del miedo a nuevos atentados en vuelo fueron notablemente graves, ante todo en el corto plazo, pues la inquietud provocada por incidentes tan infrecuentes (erróneamente bautizada por cierta prensa como ‘psicosis’) acaba por remitir si estos tardan en repetirse.

Sin duda, el temor inicialmente suscitado tiende a la desproporción. Desde que existen los aeropuertos, la fobia a volar da trabajo a ejércitos de psicólogos. Sin embargo, nadie tiene fobia a los vehículos de cuatro ruedas, cuya frecuencia de accidentes es incomparablemente superior a la de las naves aéreas y en los que todos los años mueren miles de personas: muchísimas más que las que lo hacen en un avión o por causa de un atentado terrorista. Con todo, pocas tragedias (terroristas o no) generan tanta zozobra como las que involucran aviones, pues todo lo relacionado con ellos inquieta a muchos.

En parte se debe a que, cualquiera que sea su causa, los accidentes aéreos concentran en un solo incidente un alto número de muertes, lo cual pone en marcha una cadena de efectos que contribuyen a su exageración: la noticia llega directamente a muchas personas y captura la atención sostenida de los medios de comunicación, dejando una huella profunda en la memoria que facilita su recuerdo posterior. Y los hechos que se evocan más fácilmente tienden a parecer mucho más probables y frecuentes que aquellos cuyo recuerdo requieren un esfuerzo superior. En consecuencia, por mucho que se nos diga que la aviación es el medio de transporte más seguro de todos, lo que no deja de ser una certeza estadística, nada hay más natural que exagerar el peligro que el terrorismo supone para aquella. Conviene recordarlo de cuando en cuando, especialmente en días como estos.

Pero el asunto también tiene otra cara, pues los terroristas conocen muy bien nuestros miedos y su oficio consiste en manipularlos. Conmocionar y atemorizar a muchas más personas que las que cumplen como sus víctimas directas es la esencia del terrorismo, y los ataques contra objetivos aéreos garantizan un impacto psicológico y social máximos. De ahí la insistencia de los terroristas en derribar nuevos aviones, que no es cuento para asustar a los niños. Hace varias décadas que ese propósito se ha convertido en algo parecido a una obsesión para algunas organizaciones terroristas (incluidos los yihadistas de hoy).

Así, no es por casualidad que el peor atentado terrorista de la historia fuera perpetrado con aviones comerciales. Ni tampoco se puede ignorar que desde 2001 hasta hoy hayamos enfrentado diversos planes de ataque aéreo, cada uno más ingenioso que el anterior: aviones convertidos en misiles, zapatos e impresoras bomba, explosivos líquidos o adheridos a la piel, etc. Por último, varios atentados ocurridos en los últimos meses han puesto al descubierto los intentos de explotar una nueva vulnerabilidad aeroportuaria como el reclutamiento de trabajadores con acceso a zonas de carga: es el caso del ataque ya citado contra un avión ruso despegado de Sharm el-Sheij el 31 de octubre de 2015; pero también de la muerte en solitario de un terrorista suicida a bordo de un vuelo entre Mogadiscio y Yibuti, ocurrida el 2 de febrero de este año.

La buena noticia es que explotar una bomba dentro de un avión, secuestrarlo o derribarlo es mucho más difícil que perpetrar un asesinato o realizar un asalto armado en tierra firme. Esto explica que la mayoría de las tentativas de ataques aéreos fracasen. Pero la mala noticia es que no dejarán de buscar nuevas formas de intentarlo y que seguramente lo lograrán alguna vez más. Con esa hipótesis trabajan las agencias de seguridad y es bueno que la población sea consciente de lo que justifica muchas medidas y algunas intromisiones, indudablemente molestas pero necesarias para reducir los riesgos a su mínima expresión posible.

En definitiva, conviene que autoridades y comunicadores resistan la tentación de exagerar las amenazas. Sin embargo, quedarse corto en estos asuntos puede ser tan malo como exagerar. O peor.