Terrorismo yihadista y armas de destrucción masiva

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Deseo declarar que si Estados Unidos usa armas químicas o nucleares contra nosotros, entonces responderemos con armas químicas y nucleares. Tenemos las armas como elemento disuasorio”. Estas palabras de Osama Bin Laden fueron recogidas en una entrevista realizada por Hamid Mir, en un lugar indeterminado de Afganistán el 07 de noviembre de 2001 y publicada en el diario pakistaní Dawn el día 10 de ese mismo mes. Eran las primeras declaraciones del líder de Al Qaeda tras los ataques del 11-S. Ante una aseveración de tal calibre, Hamid Mir preguntó a Bin Laden como había adquirido ese armamento obteniendo como respuesta un lacónico “Pase a la siguiente pregunta”.

Los esfuerzos del terrorismo yihadista están orientados a fortalecer su proyección como ente generador de elevada letalidad. Para acometer esta tarea de manera efectiva los yihadistas no cejan en su empeño de tratar de aumentar la capacidad mortífera derivada de sus arsenales. En este punto, la adquisición de Armas de Destrucción Masiva (ADM) ha sido, y es, el “sueño dorado” de los yihadistas.

Osama Bin Laden y Hamid Mir. Fuente: Dawn.

Osama Bin Laden y Hamid Mir. Fuente: Dawn.

Sobre este particular, el Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas, en  su Resolución 1540 ,aprobada por el Consejo de Seguridad en su 4956ª sesión, celebrada el 28 de abril de 2004, recoge lo siguiente: “[El CSNU] Decide también que todos los Estados, de conformidad con sus procedimientos nacionales, deben adoptar y aplicar leyes apropiadas y eficaces que prohíban a todos los agentes no estatales la fabricación, la adquisición, la posesión, el desarrollo, el transporte, la transferencia o el empleo de armas nucleares, químicas o biológicas y sus sistemas vectores, en particular con fines de terrorismo…”.

Los días 6, 7 y 13 de febrero de 2001 prestó declaración ante el Tribunal del Distrito Sur de Nueva York Jamal Ahmad Mohmamed al Fadl . Este individuo de origen sudanés se incorporó a Al Qaeda en Afganistán a inicios de la década de 1990. En el año 1996 se entregó a las autoridades estadounidenses y pasó a estar bajo la protección del FBI con la denominación de Fuente Confidencial 1 (CS-1).

Al Fadl relató las gestiones que había realizado en su país natal en nombre de Al Qaeda para la adquisición de uranio. Entre finales de 1993 y principios del 1994 mantuvo varios encuentros en la capital sudanesa, Jartum, para tratar de hacerse con material radiactivo. Al Fadl manifestó que se reunió con Moqadem Salah Abd al-Mobruk, Teniente Coronel en el ejército sudanés, y con otro individuo llamado Basheer. Este último mostró un cilindro que supuestamente contendría uranio al propio Al Fadl y al integrante de Al Qaeda Abu Rida al-Suri. Tras recibir instrucciones de organizar una cita entre el Teniente Coronel  al-Mobruk y Abu Rida al-Suri, Al Qaeda le habría comunicado que su tarea había finalizado por lo que no llegó a conocer el desenlace final de la transacción.

Este episodio no fue un hecho aislado en el devenir de la organización yihadista tal y como se contempla en un extenso estudio fechado en 2008  titulado “Jihadists and Weapons of Mass Destruction”  cuyos editores fueron Gary Ackerman y Jeremy Tamsett . Entre las páginas 422 y 428 (Apéndice A) se publican una serie de episodios, ente los que se incluye el protagonizado por Al Fadl, que vinculaban a Al Qaeda con la adquisición de recursos químicos, biológicos, radiológicos y nucleares. En el rango temporal que contempla, desde 1993 hasta 2007, se contabilizan un total de 83 incidentes. Estos datos, tal y como señalan los autores, fueron obtenidos de diferentes fuentes abiertas por lo que su fiabilidad puede ser cuestionable.

En junio de 2014, el anuncio de la restauración del “califato”, supuso la consagración de Daesh como la figura de referencia del yihadismo mundial, relegando a Al Qaeda, su matriz primigenia, al segundo plano del panorama del terrorismo yihadista. La abrupta separación de Al Qaeda no supuso para Daesh una total ruptura táctico-estratégica respecto de la organización responsable de su génesis manteniendo idéntico afán en la adquisición y el empleo de recursos para adquirir ADM.

El 11 de abril de 2015, posiciones de los combatientes kurdos, los Peshmerga, en una aldea situada en las cercanías de Erbil, en el Kurdistán iraquí, fueron atacadas con cerca de medio centenar de obuses que contenían gas mostaza. Fue el primer caso del empleo de estas sustancias por parte de Daesh. Otros acciones similares se perpetraron en los meses siguientes alojando el gas mostaza además de en obuses, en un variado abanico  de receptáculos entre los que se contaban granadas e incluso cohetes de artillería.

Estos cohetes fueron usados en 2016 en dos ataques contra las localidades de Taza y Merae, en las inmediaciones de Kirkuk, al norte de Irak. Provocaron la muerte de una niña de tres años y dejaron más de 600 heridos aquejados de quemaduras, deshidratación y  asfixia. En 2017, el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) comunicó que había atendido a unas doce personas posibles víctimas de armas químicas debido a que presentaban síntomas compatibles con una exposición al gas mostaza. Las autoridades de Irak atribuyeron ese ataque a Daesh.

Abu Hamza al-Kurdi, alias empleado por Jamal al-Mashadani, cuadro de alto nivel de Daesh que ejercía de “gobernador” en la zona, se responsabilizó del ataque químico contra la aldea de Taza. Jamal al-Mashadani era oficial de inteligencia del régimen de Sadam Hussein.

Imagen de un proyectil susceptible de contener gas mostaza en Alepo (Siria) tras un ataque de Daesh a principios de septiembre de 2018. Fuente: Kurdistán24.net

Imagen de un proyectil susceptible de contener gas mostaza en Alepo (Siria) tras un ataque de Daesh a principios de septiembre de 2018. Fuente: Kurdistán24.net

Al-Mashadani no fue, ni mucho menos, el único individuo integrado en las filas de Daesh proveniente de la era de Sadam Hussein y cuyos conocimientos prestaron buenos servicios al “califato”. Ejemplo paradigmático de ello son los casos de Sleiman Daoud al-Afari y Abu Malik. Este último trabajó en las instalaciones iraquíes de Muthana, centro de desarrollo de arma químicas del régimen de Sadam Hussein. En el año 2005 se unió a la filial iraquí de Al Qaeda y de allí pasó a integrase en Daesh como experto en armas químicas. El 24 de enero de 2015 fue eliminado en las inmediaciones de Mosul durante un ataque aéreo ejecutado en el marco de la Operación Inherent Resolve.

En febrero de 2016, efectivos de la Coalición capturaron en la localidad de Badoosh, al noroeste de Mosul, a Suleiman Daoud al-Afari. Este individuo, ingeniero especializado en armas químicas y biológicas, inicialmente trabajó para el régimen de Sadam Hussein y posteriormente se unió a Daesh.

Según IHS Markit, centro de análisis de inteligencia, entre 2014 y mayo de 2017, Daesh ejecutó en torno a 70 ataques en territorio iraquí y otros 30 en Siria en los que habría empleado armamento químico. De esta manera, el “califato” habría adquirido el dudoso honor de ser el primer actor armado no estatal en emplear en sus ataques agentes químicos, desarrollando estas acciones de manera sostenida.

Nasir al-Fahd también editó una pequeña obra en la que defendía el empleo de este tipo de armamento. Esta publicación titulada “Tratado sobre el estatus legal del uso de armas de destrucción masiva contra los infieles” recoge citas como: “Si los musulmanes no pueden derrotar a los kafir [infieles] de otra manera, está permitido usar armas de destrucción masiva. Incluso si los mata a todos y los borra a ellos y a sus descendientes de la faz de la Tierra“.

El tratado de al-Fahd fue hallado en 2014 en un ordenador portátil que habría sido arrebatado a Daesh en el norte de Siria. El computador contenía 146 gigabytes de material, con un total de 35.347 archivos distribuidos en 2.367 carpetas. Además de la habitual propaganda yihadista, el ordenador, perteneciente a un ciudadano tunecino llamado Mohamed S., estudiante de física y química, contenía un documento en árabe de 19 páginas de extensión con información susceptible de ser empleada en el desarrollo de armas biológicas y en su uso en atentados terroristas.

Paralelamente, a través de sus eficaces aparatos de propaganda el yihadismo ha planteado un escenario en el que se atribuían una hipotética capacidad de producción de agentes patógenos. En 2014 desde foros yihadistas se hacía referencia a la posibilidad de realizar ataques tipo “lobo solitario” en territorio estadounidense mediante la introducción de individuos portadores de enfermedades con alto nivel de contagio. Desde esos mismos foros se anunciaba que Daesh planearía atacar a EE.UU. empleando a un contingente de 3.000 individuos denominados “Mártires del Ébola” que previamente habrían sido infectados por esa enfermedad.

También en 2014, el grupo yihadista Ansar al Islam difundió imágenes en las que se veía en acción a uno de los “científicos” de la organización terrorista. Resulta llamativo, cuanto menos, que el supuesto “hombre de ciencia” de Ansar al Islam aparece ataviado con elementos de protección ante otro individuo carente de ellos.

Fuente: Jihad Intel  

Fuente: Jihad Intel

Dentro de la búsqueda del yihadismo de potentes ADM ocupa un lugar importante un material denominado “mercurio rojo”. Se trata de la “piedra filosofal” de la alquimia yihadista. Se piensa que una pequeña cantidad, en combinación con un artefacto explosivo convencional, puede provocar una reacción equivalente a la de una detonación nuclear. Agentes de Osama Bin Laden habrían realizado gestiones para su obtención en la década de los 90 del pasado siglo y Daesh buscaría hacerse con el mismo a través de redes de contrabando. Todo el esfuerzo desplegado resultó infructuoso debido a que el material conocido como “mercurio rojo” sencillamente no existe.

Según se recoge en la Sentencia 33/10 de la Audiencia Nacional “Por el Consejo de Seguridad Nuclear se informó en relación al mercurio rojo, que dicho organismo no tiene conocimiento de la existencia o uso de ninguna sustancia que se conozca con el nombre de «mercurio rojo» que se utilice por sus propiedades nucleares o radiactivas, sin que dicho centro posea información fidedigna sobre su existencia ni sobre su naturaleza”.

En lo que no da traspiés el yihadismo es en el uso en beneficio propio de cualquier elemento o circunstancia que le sea de utilidad. La realidad socio-sanitaria derivada de la pandemia provocada por el coronavirus SARS-CoV-2 (COVID-19) en modo alguno ha pasado desapercibida para la propaganda de Al Qaeda y Daesh.

Este extremo queda recogido en un documento publicado el 21 de abril por el Real Instituto Elcano cuya elaboración corrió a cargo de los investigadores Sergio Altuna Galán y Carola García-Calvo, acreditados con solvencia en el estudio y el conocimiento de la fenomenología terrorista. Este trabajo, titulado “¡Castigo de Alá! El movimiento yihadista global ante la crisis del COVID-19”, señala que los mensajes de al-Qaeda en relación a la pandemia han sido de carácter “más ideológico” mientras que Daesh “se dirige de forma más directa y enérgica a sus seguidores” y que “ambas organizaciones yihadistas tratan estratégicamente de sacar provecho en este momento de incertidumbre”.

La propaganda yihadista recurre a todo tipo de herramientas como su hipotética capacidad de acceso a cualquier tipo de recursos mortales para la proyección intimidatoria de una fortaleza en muchas ocasiones a la postre desmentidos por la realidad. En palabras del Coronel veterinario Alberto Cique Moya de la Dirección de Sanidad del Ejército de Tierra “La estrategia de comunicación planteada por las organizaciones yihadistas se demuestra eficaz para alcanzar sus objetivos, ya que la sola mención de que disponen de capacidad operacional de diseminación de agentes NBQ en general, o biológicos en particular, añade un factor de presión social acorde con sus intereses”.

El acceso mediante adquisición o desarrollo propio de recursos susceptibles de convertirse en ADM ha sido una constante en el terrorismo yihadista.  Prácticamente desde su génesis, ha dedicado esfuerzos sostenidos en su búsqueda. Una panorámica a las últimas décadas parece mostrar que los resultados en este campo han sido cuanto menos exiguos hasta la fecha.

Daesh ha sido el único en su empleo constatado mediante la liberación de gases tóxicos en ocasiones como carga adicional de explosivos convencionales. El acceso a los mismos pudo ser debido a su control territorial y a la incorporación a sus filas, voluntaria o forzosa, de individuos con conocimientos en la materia provenientes del régimen de Sadam Hussein. Con todo, esos ataques no tuvieron un carácter estratégico determinante ni tampoco jugaron un papel táctico definitivo, exceptuando su empleo propagandístico.

Pese a ello, no parece muy probable que el yihadismo abandone sus intenciones de progresar en este campo focalizando sus esfuerzos en tres campos: territorio, captación y propaganda. En el primer caso un control territorial le facilitaría el intento de establecer, en la medida de sus posibilidades, algún tipo de instalaciones para avanzar en sus planes.

En el segundo apartado, el terrorismo yihadista ha suplido sus limitaciones para la ejecución de ataques masivos externos mediante la orquestación de atentados “inducidos”. Sirva como ejemplo el caso de  Nidal Malik Hassan, militar de EE.UU. autor del atentado de Fort Hood (Texas) en 2009, quien había visitado webs de contenido yihadista y contactado con el clérigo de Al Qaeda Anwar al Awlaki. Por ello, en la estrategia de las organizaciones yihadistas podría figurar la conversión en “lobos solitarios” de individuos relacionados con distintas industrias que trabajen con materiales NRBQ (Nucleares, Radiológicos, Biológicos y Químicos).

El tercer punto, la propaganda, es el que les requeriría menos esfuerzo y en el que los yihadistas tienen una mayor experiencia. El actual contexto con una sociedad altamente conectada y con una elevada, y comprensible, tasa de sensibilidad debido a los efectos de la pandemia constituye un terreno propicio para la proliferación de mensajes de organizaciones yihadistas elaborados con el único fin de aterrorizar.

Para frenar esta “infección” sería necesario implementar medidas que ya están en funcionamiento: intervención, no sólo en el ámbito securitario, para evitar o contener el control territorial de las organizaciones yihadistas; inteligencia para la detección temprana de potenciales captaciones; madurez para percibir que contrariamente a lo que pretenden con su propaganda, el yihadismo no es un problema existencial. Esto es, parafraseando a Herman Hesse (1), para no dar a los terroristas poder sobre uno. La aplicación práctica de estas mediadas ataca directamente a la propagación del virus yihadista en el espacio, en las mentes y en los corazones.

Atribuir capacidades omnímodas al terrorismo yihadista, además de erróneo sería una inestimable contribución a su propaganda. Por cuestiones de seguridad el acceso a material nuclear o radiológico es harto difícil. Aún llegado a ese estadio, su manipulación y eventual “armorización”, incorporación a un vector con capacidad de diseminación, requiere un equipamiento altamente tecnificado y conocimientos difícilmente alcanzables a través del visionado de vídeos y la lectura de manuales ad-hoc. Otro tanto ocurre con los medios necesarios para la obtención de elementos infecciosos víricos y bacteriológicos.

Ello no implica en modo alguno infravalorar el nivel de amenaza del terrorismo yihadista, del que Daesh no es el origen sino únicamente la enésima y más letal mutación, ya que ha demostrado por la más expeditiva vía de los hechos, su eficacia en la “avicultura”, concretamente en la “cría” de cisnes negros.

[1] “Hay cosas y personas que te asustan. ¿Por qué? No es necesario tener miedo de nadie. Si se teme a alguien, es porque ese alguien tiene poder sobre uno”. HESSE Herman, “Demian” (1919).