Análisis de la actividad yihadista en el Magreb y el Sahel Occidental de enero 2019

El atentado yihadista más relevante de este mes de enero ha sido el ataque de la facción de Boko Haram leal al Daesh, Estado Islámico en África Occidental (ISWA, según sus siglas en inglés), contra Rann, en el estado nigeriano de Borno (caso de estudio #69). Según relata Amnistía Internacional, varios testigos aseguran que las tropas nigerianas habían abandonado sus puestos en la víspera del atentado, dejando a decenas de miles de civiles expuestos al terror del grupo terrorista. La retirada de las tropas desencadenó un éxodo masivo (más de 30.000 personas) hacia Camerún. Fue entonces cuando, siguiendo el modus operandi que caracteriza a ISWA, combatientes entraron en la ciudad en motocicletas, prendieron fuego a las casas y mataron a quienes quedaban y a quienes intentaban escapar. En total, 60 personas fueron asesinadas.

Las organizaciones internacionales demandan que se investigue la retirada de las tropas de Rann, localidad atacada de forma sistemática en estos últimos años debido a la ausencia de protección de las autoridades a la población civil (el último, el pasado diciembre, #8). Esta huida pone de manifiesto la falta de recursos del Ejército nigeriano para hacer frente a la insurgencia, así como el deterioro de la moral entre los soldados. Por su parte, las autoridades militares no dan más explicaciones y sacan pecho al asegurar que la localidad vuelve a estar bajo su control.

La realidad es que, pese a los esfuerzos militares, ISWA sigue tomando la iniciativa en el conflicto (con cada asalto de este tipo consigue aumentar su arsenal y debilitar a las fuerzas de seguridad).  En enero, el Observatorio ha registrado 16 atentados, al menos 124 víctimas mortales y decenas de miles de desplazados a Camerún, Níger y Chad. No obstante, cabe recordar que este mes se ha caracterizado por comunicados militares con cifras de bajas terroristas excepcionalmente altas. Por un lado, el Ejército de Nigeria dice haber abatido a 100 terroristas de Boko Haram en operaciones recientes (#15). Por otro, el de Níger asegura haber matado a 287 en una semana (#10). Teniendo en cuenta las dificultades para defender sus bases, se trata de cifras fuera de lo normal. Quizá tenga que ver la cercanía, a menos de un mes, de las elecciones presidenciales más disputadas de la historia, cuyos principales candidatos son el actual presidente Muhammadu Buhari (Congreso de Todos los Progresistas) y el ex vicepresidente Atiku Abubakar (Partido Demócrata del Pueblo). Si nos atenemos a casos anteriores (2007 o 2011), las elecciones han sido motivo de violencia en Nigeria, siendo esta más común durante el proceso de candidaturas y cuando se anuncian los resultados. Según el Consejo de Relaciones Exteriores, ambos partidos parecen estar sentando las bases para declarar fraudulentos los resultados si pierden.

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El otro gran foco de inestabilidad en la región lo encontramos en Malí, donde a pesar del despliegue de las fuerzas armadas, ya sean africanas o de la francesa Operación Barkhane, la determinación de los terroristas no muestra signos de debilidad (seis atentados y 46 víctimas mortales en enero). Entre ellos destaca el ataque (supuestamente de JNIM) contra una localidad en Menaka que dejó 30 civiles muertos (#36) y el de AQMI contra una base de la MINUSMA en el nordeste del país, en el que 10 soldados de nacionalidad chadiana fueron asesinados (#47). Además de la envergadura del atentado, la prensa local insiste en lo bien equipados y organizados que estaban los terroristas, así como en la progresiva expansión hacia zonas más del centro y sur del país.

Esta violencia, alimentada también por los conflictos intercomunitarios, consigue no solo adueñarse de todo el territorio nacional sino traspasar fronteras, en especial a sus vecinos Níger y Burkina Faso, país que desde 2015 sufre una escalada de la actividad yihadista, sobre todo de mano de JNIM (Frente de Apoyo para el Islam y los Musulmanes) y EIGS (Estado Islámico del Gran Sahara). El mes de enero no ha sido una excepción y la oleada de violencia ha continuado con cinco atentados que han causado al menos 34 bajas entre civiles y militares. Precisamente este país ocupa desde principios de febrero la presidencia del G5 del Sahel, una fuerza militar conjunta compuesta por Chad, Malí, Mauritania, Níger y la misma Burkina para hacer frente al terrorismo yihadista. Pese a los escasos éxitos de la organización, los problemas de financiación o incluso a los ataques terroristas que ha sufrido en estos últimos meses, los representantes nacionales felicitaron al presidente saliente, el nigerino Mahamadou Issoufou, por sus actuaciones y liderazgo.

Asimismo, enero nos ha dejado otros dos sucesos significativos: Daesh volvió a reafirmar su presencia en Libia (cerca de la ciudad de Sabha, donde se ha concentrado la actividad yihadista y militar) con un atentado suicida el primer día del año, que acabó con la vida de tres civiles (#02), y en Argelia, donde han continuado las rendiciones de terroristas en el enclave Tamanrasset, un hombre fue asesinado por combatientes, supuestamente en la órbita de Daesh (#35): “Una tragedia que recuerda a años más oscuros”, señala la prensa local. Por su parte, Marruecos y Túnez continúan con la resaca de los atentados del pasado diciembre, demoledores para la psique nacional, y han arrestado a 13 y 24 personas respectivamente.