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Imagen 1. Representación de la ciudad de Bámako.
Mali vive uno de los episodios más convulsos de su historia reciente. La multiplicación de amenazas a su seguridad, desde la proliferación de grupos armados hasta la inestabilidad política y el deterioro económico que sufre buena parte de la población, dibuja un horizonte incierto para la seguridad, el desarrollo y la gobernanza del país.
El retiro de las fuerzas occidentales entre 2022 y 2023 marcó un punto de inflexión en la arquitectura de seguridad regional. La reducción de la presencia militar y diplomática europea (especialmente, aunque no exclusivamente, de Francia), así como la estadounidense, generó un vacío de seguridad que Mali y otros Estados del Sahel Central han buscado llenar mediante una reconfiguración profunda de sus alianzas externas. Este proceso ha permitido la entrada más amplia de actores con agendas e instrumentos propios, dirigidas a ámbitos militares, comerciales, económicos y de seguridad.
Como consecuencia, el conflicto interno ha terminado por transformarse en un espacio de competencia geopolítica a gran escala en el que intervienen actores estatales y no estatales del Sahel, el norte de África y potencias extra-regionales que persiguen objetivos de contención, estabilización o proyección de intereses, con resultados desiguales. La rivalidad entre Estados Unidos, Rusia, Turquía, China y otros actores refleja además una contienda más amplia por el reequilibrio de poder en un continente cuya relevancia geográfica, demográfica y geoestratégica (África concentra importantes reservas de petróleo, gas y minerales críticos) redefinirá las relaciones internacionales durante las próximas décadas.
En este contexto, resulta conveniente actualizar el panorama actual del conflicto en el Sahel, con especial atención a Mali. Este país se ha consolidado como centro de gravedad de las redes de alianzas entre actores estatales y no estatales, lo que permite examinar tanto las dinámicas internas de inestabilidad como las implicaciones de la competencia geopolítica externa para las políticas públicas y la proyección de potencias regionales y globales.
Tendencias de los principales grupos insurgentes
El tercer trimestre de 2026 confirma un aumento a escala cualitativa del terrorismo en la región del Sahel, con la presencia de las dos organizaciones dominantes y rivales: Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin o JNIM, vinculado a Al Qaeda, y la Provincia del Sahel de Estado Islámico (EI-Sahel o EIS). La primera sigue disfrutando de una enorme capacidad militar y regional, y se encuentra en pleno desarrollo de una estrategia para aislar al Estado maliense. EI-Sahel, por su parte, mantiene su principal bastión en el eje Ménaka–Tillabéri, entre Mali y Níger, y compite directamente con JNIM por territorio, población y recursos.
Mali se está convirtiendo en el centro de gravedad del terrorismo, mientras que Níger se consolida como el principal escenario de la competencia entre JNIM y EIS. Estas dinámicas ejercen una fuerte presión sobre sus fronteras externas, incluyendo las de Mauritania y Argelia, aunque ninguno de estos dos está experimentando acciones terroristas similares a las existentes en las naciones sahelianas. El riesgo para ambos países procede principalmente de la propagación de la violencia desde Mali, del movimiento de combatientes y del desplazamiento de su población.
A continuación, se analizan los principales grupos armados compitiendo por el poder y los recursos en Mali, así como las dinámicas geopolíticas y transformaciones estructurales que acontecen en el país.
La alianza JNIM-FLA
Algunas fuentes apuntan a que Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin (JNIM) cuenta con entre 7.000 y 8.000 combatientes en el Sahel actualmente, de los que aproximadamente la mitad están operativos en Mali. La organización ha diversificado sus fuentes de financiación y, en las zonas bajo su control, ha moderado ciertas formas de brutalidad para consolidar una gobernanza local que facilite el reclutamiento y la recaudación, a fin de erigirse como alternativa política de facto al poder central. Su discurso público se centra en realizar llamamientos a la población maliense para sumarse contra el gobierno y las fuerzas rusas, presentando la lucha como liberación nacional y la gestación de un ambicioso proyecto islámico. El emir sigue siendo Iyad Ag Ghaly, mientras que Amadou Kouffa mantiene un papel central en la Katiba Macina y en la expansión hacia el centro y el sur del país.
Las negociaciones entre JNIM y el Frente de Liberación de Azawad (FLA) para formar un frente común se iniciaron a principios de 2025 y se prolongaron durante más de un año. Al-Ghabass Ag Intalla, número dos del FLA y cercano a Bilal Ag al-Charif, lideró los contactos con Ag Ghaly. Estas relaciones personales y tribales, con antecedentes comunes en Ansar Dine, resultaron en última instancia determinantes para el desarrollo del acuerdo. Desde marzo de 2025, fuentes de ambos bandos comunicaron que el acuerdo preliminar incluía concesiones ideológicas: el FLA aceptaba la aplicación de una forma moderada de sharía en los territorios controlados de forma conjunta, mientras que JNIM comprometía sus redes fulani y su infraestructura militar a cambio de que los separatistas abandonaran objetivos independentistas maximalistas. Se establecieron mecanismos de resolución de conflictos basados en tribunales de arbitraje reconocidos por ambas partes, y se acordó que las ciudades recuperadas serían administradas de forma conjunta, con el FLA en un papel administrativo dominante. Esta fórmula permitió a JNIM movilizar combatientes fulani reacios a un proyecto nacionalista secular tuareg bajo la bandera de la gobernanza islámica. El resultado se tradujo en intercambios de competencias en dominios que incluyen fabricación de explosivos, manejo de armas pesadas, logística y conducción de vehículos.
En paralelo, JNIM mantiene desde septiembre de 2025 un bloqueo de combustible que afecta el suministro a Bámako y sostiene su presión económica mediante gravámenes e impuestos de paso o protección. Al asedio sobre la capital se le añaden los secuestros como fuente de financiación y como herramienta adicional para socavar la autoridad del régimen. Entre 2025 y 2026, se han registrado más de 20 secuestros de extranjeros en los alrededores de Bámako y el sur de Mali. El factor financiero ha adquirido una dimensión extraordinaria y se habrían pagado unos 50 millones de dólares en concepto de rescate a finales de 2025, que terminaron financiando gran parte del ataque a gran escala ejecutado en la región del Sahel a finales de abril de 2026.

Imagen 2. Una columna de humo negro en Bámako tras los ataques del 25 de abril. Fuente: AFP
El 25 de abril de 2026 constituyó un punto de inflexión en el ecosistema de seguridad doméstica maliense por varios motivos. Con una alianza ya suscrita entre ambos bandos, combatientes de JNIM y del FLA lanzaron una ofensiva coordinada contra Kidal, Gao, Bourem, Kati, Sévaré y Mopti, además de un ataque en las inmediaciones de Bámako que causó la muerte del ministro de Defensa, Sadio Camara, mediante un coche bomba en Kati. Los atacantes tomaron Bourem y las capitales regionales de Gao y Kidal, cercando a las fuerzas malienses y rusas. Mopti fue ocupada de forma temporal antes de su recuperación por las tropas gubernamentales al día siguiente. Kidal, recuperada por las FAMa y Wagner en noviembre de 2023, volvió a manos rebeldes. La simultaneidad de los ataques en varios frentes fue el indicador más visible de esa coordinación. El objetivo no habría sido tomar Bámako, sino saturar a las Fuerzas Armadas de Mali (FAMa) y al Africa Corps ruso en la capital y el centro para consolidar su posición en el norte.
Por su parte, la principal operación conjunta en el tercer trimestre de 2026 fue en el mes de julio, en coordinación con el FLA. Siguiendo la estela de lo acontecido el pasado 25 de abril, el 4 de julio JNIM y el FLA atacaron la base militar de Gao y las localidades de Aguelhok y Anéfis, últimos enclaves gubernamentales en la región de Kidal, además de Sévaré y la prisión de alta seguridad de Kéniéroba, a unos 60 kilómetros de Bámako. La atención se desplazó hacia Anéfis, una localidad estratégica de la región de Kidal situada en las rutas vitales que conectan el norte con Gao y Tombuctú, que JNIM y el FLA consiguieron disputar a las fuerzas gubernamentales durante varios días. El 18 de julio, la alianza insurgente volvió a atacar un convoy militar maliense en la región de Gao, demostrando la capacidad operativa de coordinar ataques simultáneos a distancias de cientos de kilómetros, utilizar drones, artillería, vehículos blindados y emboscadas, y combinar la presión militar con la guerra económica. Las FAMa y el Africa Corps recuperaron Anéfis tras seis días de combates con apoyo aéreo ruso. De nuevo, quedó demostrada la capacidad de los grupos armados para sostener un asalto conjunto frente a una posición defendida durante casi una semana. Ya en agosto, se produjeron nuevos ataques sincronizados sobre Sévaré, Aguelhok, San, Anéfis y Kéniéroba. Estos enfrentamientos en torno a Anefis, Aguelhok, Gao y otras zonas reflejan una transformación del conflicto en una disputa más ambiciosa por territorio, recursos y legitimidad política.
Con lo acontecido tanto en abril como en julio de 2026, el FLA ha conseguido dominar las rutas habituales, el conflicto en el norte disfruta de un alejamiento temporal de la línea de confrontación y JNIM cuenta con una ventaja estratégica. Controlar estos corredores es fundamental porque permite condicionar los movimientos militares, las rutas comerciales y los accesos hacia zonas donde operan diferentes grupos armados.
A mediados de agosto, el FLA liberó a unos 82 soldados malienses capturados entre 2023 y 2026, en un gesto que calificó de “estrictamente humanitario”, aunque reconoció retener a otros 118. Se trata de un canal de negociación paralelo a la violencia, no de una tregua.
JNIM continúa explotando los sentimientos de frustración, las rivalidades y las disputas existentes dentro de las comunidades y los grupos armados presentes en el norte y el centro de Mali, lo que ha causado importantes fracturas internas dentro de las filas de milicias pro-gubernamentales como el Grupo de Autodefensa de los Tuareg Imghad y Aliados (GATIA). Incluso una parte de los miembros de este grupo, liderado por el General Hagi Gammou (o Al Haji Gamou), podrían haber optado recientemente por separarse de la milicia y unirse a JNIM en lugar de integrarse en las filas de las FAMa o continuar operando junto a las fuerzas del régimen. De este modo, el grupo, que ya cuenta con una fuerte presencia en varios sectores de la región de Gourma, busca reforzar su influencia y ampliar su red en zonas consideradas estratégicas.
Estado Islámico en la Provincia del Sahel
Mientras JNIM y el FLA centran la atención sobre Bámako, Estado Islámico en la Provincia del Sahel (EI-Sahel o EIS) ha consolidado su control sobre buena parte de la región de Ménaka – con la excepción de la propia ciudad – y mantiene presencia en el triángulo fronterizo entre Mali, Níger y Burkina Faso. Con una fuerza estimada de unos 2.000 combatientes, el grupo ha demostrado capacidad para llevar a cabo operaciones complejas contra infraestructuras críticas y centros urbanos. El 29 de enero de 2026, EIS atacó el aeropuerto internacional Diori Hamani de Niamey y la base aérea contigua, en el asalto más importante realizado hasta entonces por un afiliado de Estado Islámico contra la capital nigerina. El uso de drones cargados de explosivos y la presencia de hablantes de kanuri y hausa apuntan a apoyo operativo de la Provincia de África Occidental del Estado Islámico (ISWAP). Meses después, JNIM (rival de EI-Sahel) repitió el golpe contra el mismo aeropuerto, demostrando la competencia por golpear los mismos símbolos de unidad nacional y poner en jaque la infraestructura de seguridad que los rodea.
Por el momento, EI-Sahel mantiene una estrategia diferente a JNIM, menos orientada a la penetración política y más centrada en el control territorial coercitivo, los ataques contra las fuerzas de seguridad y la eliminación de sus adversarios, especialmente JNIM. Su principal zona de operaciones se encuentra en el oeste de Níger, especialmente Tillabéri, y en la zona fronteriza con Mali, incluida Ménaka.
La competencia entre JNIM y EI-Sahel se intensificó durante 2026 en Mali, Níger y Burkina Faso. Durante el mes de abril, se produjeron enfrentamientos directos entre ambos en Níger, lo que indica que la competencia por el oeste del país pasó de cierta coexistencia a un enfrentamiento abierto, siguiendo la estela de las tendencias en 2025. En el mismo mes, EI-Sahel aprovechó la gran ofensiva JNIM-FLA para realizar incursiones limitadas en Labbezanga y Ménaka, aunque tuvo que replegarse ante la presión de las FAMa y el Africa Corps. Esa competencia limita la unificación o tregua temporal por la necesidad de hacer frente a un adversario común, y al mismo tiempo multiplica los frentes de violencia y dificulta cualquier negociación con el Estado maliense. En Burkina Faso, las informaciones más recientes apuntan a que EIS se encuentra ganando terreno a su rival.
EI-Sahel se beneficia de la dispersión de las fuerzas estatales y de su rivalidad con JNIM. A diferencia de este último, EI-Sahel ha evitado en gran medida la campaña contra Bámako y ha preferido ocupar los vacíos territoriales y económicos que deja el conflicto principal. Su expansión hacia el noroeste de Nigeria (Sokoto y Kebbi) y sus vínculos logísticos con ISWAP apuntan a una estrategia de consolidación transnacional cada vez más marcada. En el mes de julio, algunas fuentes también señalaron que la Provincia del Estado Islámico de África Occidental (ISWAP) podría enviar unos 100 combatientes para reforzar a Estado Islámico-Sahel en Ménaka, lo que aumentaría su capacidad para ejercer presión sobre el norte de Mali. Así, JNIM domina el espacio yihadista en Mali y Burkina Faso, mientras que EI-Sahel mantiene una posición especialmente dominante en el oeste de Níger.
El caso del misionero estadounidense Kevin Rideout contribuye a explicar la dimensión económica de la actividad de la filial de Estado Islámico en el Sahel. Rideout fue secuestrado en Niamey en octubre de 2025 y trasladado al norte de Mali, donde permaneció bajo custodia de EIS. El misionero fue liberado el 14 de agosto de 2026, tras casi diez meses de cautiverio en la zona situada entre Ménaka y la frontera nigerina. El mariscal libio Halifa Haftar intervino en la operación, ya fuera mediando un pago por rescate (algunas fuentes afirman que la suma podría haber superado los 10 millones de dólares, además de la liberación de más de una veintena de miembros de confianza de los colaboradores de Estado Islámico) o mediante una acción militar en territorio maliense. Trump reivindicó públicamente el mérito de la liberación. El secuestro de occidentales sigue siendo una vía de financiación y de proyección de interlocutor pragmático para EI-Sahel, fuera del control del Estado maliense. Haftar, que controla el este de Libia, mantiene relaciones cada vez más estrechas con los dirigentes del FLA, aunque dicho acercamiento no cuenta con la plena aceptación desde el bando rebelde.
Actores estatales y alianzas de seguridad
La multiplicidad de actores estatales intervinientes en el conflicto de Mali es digna de mención. En esta sección, se abordan algunos de los más relevantes.
Por un lado, tenemos a Rusia. La transición de Wagner al Africa Corps, formalizada a mediados de 2025, buscaba institucionalizar la presencia rusa bajo control directo del Ministerio de Defensa de Moscú. Con una fuerza estimada de 2.000 efectivos, en su mayoría antiguos miembros de Wagner, el Africa Corps ha aportado apoyo aéreo, entrenamiento y capacidad de fuego que las FAMa no poseían de forma autónoma.
Los acontecimientos desde abril de 2026 han puesto de manifiesto los límites de ese modelo. La pérdida de Kidal en abril, las emboscadas de julio en torno a Anéfis (con bajas de personal ruso y maliense y pérdida de vehículos y un helicóptero) y la necesidad de negociar retiradas seguras en varios puntos del norte han erosionado la narrativa de la eficacia rusa. Según Human Rights Watch, el 10 de julio de 2026, más de un centenar de efectivos del Africa Corps, acompañados de soldados malienses, irrumpieron en Bombori, en la región de Mopti, y ejecutaron sumariamente a nueve civiles, entre ellos cuatro menores de edad, además de saquear e incendiar varias viviendas. Estos hechos, sumados a la percepción local de que las fuerzas rusas priorizan la protección del régimen sobre la seguridad de la población, alimentan el discurso de JNIM y del FLA contra la “ocupación extranjera”.
Análisis sobre el seguimiento de vuelos identifican también 75 vuelos de reabastecimiento de fuerzas alineadas con Rusia en Mali, Burkina Faso y Níger entre enero de 2025 y julio de 2026. La red logística discurre de forma desproporcionada a través de Libia y utiliza varios operadores todavía no sancionados pese a sus vínculos documentados con operaciones militares. La misma fuente apunta a que Burkina Faso registró la mayor actividad aérea, seguida de Mali. El Africa Corps ha desplazado efectivos desde el norte hacia la protección de Bámako y la junta, limitando su exposición en el campo de batalla y priorizando la escolta de convoyes de combustible procedentes de Costa de Marfil, Guinea y Senegal.

Imagen 3. El líder de la junta militar y presidente de transición de Malí, Assimi Goita, se reúne con el embajador ruso en Bámako. Fuente: Presidencia Mali/Demócrata
Moscú mantiene el vínculo con Mali por razones estructurales: acceso a recursos, sobre todo oro, proyección de influencia en un espacio del que ha conseguido despojar a Occidente y la consolidación de un modelo de protección de regímenes y bandos afines, tal y como ocurre en países como Libia o Sudán. La logística aérea se ha intensificado en el caso de Mali para sortear las vulnerabilidades terrestres.
Rusia ha desempeñado un papel relevante en el deshielo diplomático entre Mali y Argelia. Según fuentes diplomáticas, la mediación se gestó con la participación de Níger y Togo, y Moscú aconsejó a Bámako acelerar el gesto hacia Argel, consciente de que los rebeldes separatistas operan cerca de la frontera argelina.
Por su parte, Turquía se ha consolidado como actor relevante, con un peso en aumento que busca complementar (aunque está lejos de equipararse) a la participación rusa. A través de la entrega de drones Bayraktar TB2 y, más recientemente, de lotes de Akinci (Mali recibió un nuevo envío en la base aérea de Sévaré a finales de julio de 2026), Ankara ha reforzado sustancialmente la industria de defensa aérea maliense. Empresas como Aselsan y Baykar han ganado presencia, y la fundación Maarif ha ampliado su red educativa. La compañía privada turca SADAT, con combatientes de origen sirio, hace lo propio en tareas de seguridad personal del presidente de transición Assimi Goïta desde 2025, en un contexto de desconfianza del líder de la junta hacia su propio entorno militar.
La estrategia turca se centra en la venta de armamento sin las condicionalidades políticas occidentales, acceso a materias primas y una narrativa de solidaridad musulmana y poscolonial. Más que competir abiertamente con Rusia, Turquía busca diversificar las opciones de Bámako y ayudar a reducir su dependencia exclusiva de Moscú. Esta estrategia forma parte de una proyección turca más amplia en África Occidental, que incluye acuerdos con Níger, Burkina Faso y otros países del Golfo de Guinea.
Por lo que respecta a China, su papel en el conflicto maliense difiere sustancialmente del asumido por Rusia o Turquía. Pekín ha evitado una implicación militar directa y concentra su presencia en la inversión, el acceso a recursos estratégicos y, en menor medida, la cooperación en materia de defensa. En septiembre de 2024, ambos países elevaron sus relaciones a “asociación estratégica”. Ese mismo mes, Mali firmó con Norinco un acuerdo para la adquisición de equipamiento militar que incluye formación, entrenamiento y transferencia tecnológica a las FAMa.
El principal interés chino se encuentra en el sector minero. Ganfeng Lithium controla el 65% del proyecto de litio de Goulamina, mientras que el Estado y los inversores malienses mantienen el 35% restante. Hainan Mining, por su parte, controla el 51% de la sociedad que desarrolla Bougouni, uno de los dos grandes proyectos de litio actualmente en explotación y desarrollo en Mali, mientras que el 49% restante corresponde a la británica Kodal Minerals. La importancia de estos proyectos coincide con la política de Bámako de aumentar la participación del Estado en la explotación de sus recursos y, al mismo tiempo, mantener la entrada de inversión extranjera.
A diferencia de Moscú, Pekín no busca convertirse en garante de la junta ni desplegar una fuerza propia sobre el terreno. Su posición sigue marcada por el principio de no injerencia y por la defensa de sus intereses económicos y ciudadanos. China mantiene así una presencia más discreta que el resto de potencias participantes, pero con una fuerte exposición en sectores estratégicos de la economía maliense y una relación de defensa que, aunque limitada, cuenta con una ventana de oportunidad para ampliarse en el futuro.
En el plano regional, contamos con el papel de la Alianza de Estados del Sahel (AES), transformada en confederación, que agrupa a la propia Mali, Burkina Faso y Níger bajo un pacto de defensa mutua y una fuerza conjunta de unos 5.000 efectivos. La salida formal de la CEDEAO en enero de 2025 selló la ruptura con el marco regional precedente. Pese al anuncio de nuevas operaciones coordinadas, la capacidad actual de la AES para proyectar poder más allá de sus fronteras sigue siendo limitada. Los grupos armados no reconocen esas fronteras y operan con fluidez transnacional, de modo que la inseguridad en Mali se traslada con rapidez a Níger y Burkina Faso.
Desde el Magreb, Argelia ha recuperado un papel mediador tras más de un año de ruptura provocada por el derribo de un dron maliense en abril de 2025, aunque continúan todavía tensiones de fondo por el respaldo maliense al plan marroquí sobre el Sáhara Occidental. Mali fue el último de los tres Estados de la AES en restablecer relaciones formales con Argel, el 11 de julio de 2026. Desde entonces, Argelia ha desempeñado un papel discreto de mediación en torno a Kidal, ayudando a asegurar un corredor para la retirada de las fuerzas rusas y contribuir en la operación de liberación de un ciudadano alemán en las afueras de Tillabéri. Argelia mantiene una posición de mayor calado estratégico, ya que sus fronteras meridionales con Mali y Níger constituyen una zona sensible frente al tráfico de armas, las infiltraciones y los movimientos de los grupos armados. Argelia trabaja para descongelar las relaciones entre Mali y el FLA, y hasta ahora Bámako se niega. El FLA, por su parte, rechaza detener la guerra sin un acuerdo con unas mínimas garantías que beneficien a la causa política del norte.
Marruecos, por su parte, ha intensificado su diplomacia económica y de conectividad, ofreciendo a los países del Sahel acceso al atlántico a través de puertos y corredores logísticos que ayuden a normalizar cuestiones centrales para la política exterior marroquí, especialmente en lo que concierne al Sáhara Occidental. La competencia Marruecos-Argelia por atraer a los países sahelianos sin acceso al mar añade una capa geopolítica más al conflicto en curso.
En lo que respecta a Mauritania, a mediados de junio de 2026 se produjo un deshielo en las relaciones bilaterales. El ministro de Defensa mauritano, Hanena Ould Sidi, fue recibido en Bámako por Assimi Goïta. El gesto demostró cierto reconocimiento mutuo de que un bloqueo diplomático total resultaba peligroso. Para Mali, Mauritania es un vecino estratégico por la longitud de la frontera, el acceso atlántico a través del puerto de Nuakchot y la necesidad de evitar que la inestabilidad se desborde hacia el oeste. Para Mauritania, la prioridad es impedir que la guerra maliense se traduzca en una crisis de seguridad interna y en una presión humanitaria inasumible, aunque el país gobernado por Ghazouani no cuenta con los factores internos suficientes que hagan suponer una eventual penetración del conflicto dentro de sus fronteras.
A fecha de junio de 2026, Mauritania acogía cerca de 400.000 refugiados, solicitantes de asilo y apátridas malienses, con el campo de Mbera superando ampliamente su capacidad, lo cual supone un desafío tanto migratorio como social y también securitario, por posibles operaciones de reclutamiento en los campamentos. Las oleadas de desplazamiento se acentuaron a partir de octubre de 2025, impulsadas por el bloqueo de combustible de JNIM y la intensificación de los combates en el norte y centro de Mali.
Mauritania no es actualmente un frente activo para la actividad terrorista, aunque su espacio es aprovechado para otros propósitos por los grupos terroristas, como el reclutamiento, el descanso temporal y la facilitación de redes. Sus fronteras orientales están siendo sometidas a una presión en aumento y las autoridades mauritanas han reforzado las zonas militares fronterizas ante el riesgo de incursiones de los grupos asentados en Mali.
Mauritania sigue dialogando con la AES cuando es necesario, refuerza la cooperación con Marruecos en materia de fronteras, migración y antiterrorismo, y preserva canales con Argelia. Su posición de “guardián” entre el Magreb y el Sahel, unida a su cooperación en control migratorio, la ha convertido en un interlocutor prioritario para actores interesados como la Unión Europea. Bruselas ha canalizado hacia Nuakchot volúmenes significativos de financiación, viendo en el país un dique de contención frente a la expansión del yihadismo y la gestión de desafíos como la migración, y un socio más fiable que los regímenes militares del Sahel Central.
La Unión Europea ha virado hacia un enfoque más pragmático en el Sahel, centrado en el diálogo político, la seguridad humana y las oportunidades socioeconómicas, y más dispuesto a reconocer la realidad de los regímenes militares. La misión civil EUCAP Sahel Mali, con sede en Bámako, tiene su mandato prorrogado hasta enero de 2027, pero en la práctica, la capacidad de influencia europea en la contención de los retos a la seguridad en el Sahel Central sigue siendo limitada. Sin embargo, España mantiene una de las redes diplomáticas más densas de Europa en la región y ha defendido la continuidad de la presencia europea, al tiempo que prioriza el Sahel en su Estrategia África 2025-2028 y en su cooperación al desarrollo y humanitaria. El interés español no se limita únicamente a la gestión de la seguridad a través de la contención de los flujos migratorios, que también, sino que tiene un foco añadido puesto en prevenir que el yihadismo y la inestabilidad se expandan hacia la periferia del conflicto, tanto el Magreb como el Golfo de Guinea.

Imagen 4. Instantánea de João Gomes Cravinho (Representante Especial de la Unión Europea para el Sahel). Fuente: Münchner Sicherheitskonferenz/MSC/Boettcher
Finalmente, tenemos a Estados Unidos, que ha dado un giro significativo en su postura con respecto a la situación en Mali. En febrero de 2026, el Tesoro estadounidense levantó las sanciones que pesaban sobre varios altos cargos malienses vinculados a Wagner, entre ellos Sadio Camara, como parte de un acercamiento orientado a obtener derechos de sobrevuelo en territorio maliense. Tras la muerte de Camara en el atentado de abril, la Administración Trump ha planteado abiertamente la posibilidad de atacar a JNIM con medios propios. Sebastian Gorka, responsable de contraterrorismo del Consejo de Seguridad Nacional, figura como el principal baluarte de la opción militar, frente a otros funcionarios que temen que unos ataques estadounidenses terminen beneficiando a la junta y a sus socios rusos. La sola consideración de esa opción refleja hasta qué punto Washington percibe que la debilidad del régimen maliense y el fortalecimiento de JNIM constituyen una amenaza que trasciende al propio Sahel.
Transformaciones estructurales y perspectivas
El conflicto en Mali demuestra varias transformaciones de gran recorrido que están reconfigurando el panorama regional con plazos de tiempo muy estrechos y limitados. La primera gran transformación es la sustitución de las misiones multilaterales occidentales por asociaciones bilaterales con potencias revisionistas (Rusia) o emergentes (Turquía), lo que ha alterado la economía política de una seguridad en la que se ha priorizado la protección del régimen y no tanto fomentar la construcción institucional o la protección de la población civil. La segunda gran transformación es que la alianza táctica entre separatistas y terroristas demuestra la capacidad de los actores no estatales para adaptarse y generar multiplicadores de fuerza frente a ejércitos estatales reforzados por socios externos. La tercera es que la violencia se ha desplazado hacia el oeste y el sur del país, y que los grupos armados han desarrollado capacidades de presión económica (el bloqueo de combustible es el ejemplo más claro) que golpean directamente la legitimidad del gobierno en su propia capital.
En la actualidad, el régimen de Assimi Goïta controla la mayoría de las ciudades principales, con la notable excepción de Kidal, y mantiene un acceso solo intermitente a los corredores viales gracias a escoltas armadas. Las FAMa reivindican éxitos operativos como la neutralización de cientos de combatientes o la destrucción de bases, pero los datos apuntan a un incremento de las muertes vinculadas a la violencia terrorista. La dependencia de Rusia, y en menor medida de Turquía, ofrece capacidad militar a corto plazo, pero genera vulnerabilidades narrativas y logísticas que tampoco deben subestimarse.
La durabilidad de la alianza entre JNIM y el FLA es una de las principales incógnitas. Mientras el enemigo común se mantenga fuerte, se vea reforzado por la acción exterior o la ventana de oportunidad continúe abierta, la cooperación tiene motivos para subsistir. Si el FLA consolida un control territorial significativo en el norte, las divergencias sobre la aplicación de la sharía o sobre el estatuto político del Azawad podrían resurgir con la misma facilidad con la que en 2012 acabaron con una alianza parecida, tratando de sortear en esta ocasión las diferencias que los separaron en el pasado. Por su parte, EI-Sahel seguirá explotando los vacíos que dejan tanto el Estado maliense como sus rivales regionales. Para Bámako, la prioridad inmediata es preservar el control de los ejes vitales y de la capital, mientras equilibra a sus socios externos y gestiona las tensiones internas generadas por los abusos documentados y el desgaste de una guerra que dura más de una década. Mientras Mali y la Federación AES están siendo perforadas políticamente, Argelia avanza en su reconciliación con los tres países. Sobre el terreno, la alianza FLA/JNIM se expande y ejerce una presión militar sostenida sobre Bámako.
El escenario maliense se ha convertido en un teatro de la nueva competencia geopolítica en África, un espacio donde la soberanía se redefine en clave de alianzas de seguridad, donde los grupos armados desarrollan formas híbridas de gobernanza y de presión económica y donde las potencias periféricas tienen que recalibrar sus instrumentos de influencia en un entorno más congestionado y menos receptivo a las condicionalidades tradicionales. Mientras tanto, el vecindario regional continúa lidiando con las mismas amenazas compartidas, y Níger y Burkina Faso continúan siendo escenarios principales para JNIM y Estado Islámico.