
Inmediaciones del centro islámico de San Diego donde se produjo el ataque. Imagen: Zoë Meyers / AFP.

Inmediaciones del centro islámico de San Diego donde se produjo el ataque. Imagen: Zoë Meyers / AFP.
El pasado lunes 18 de mayo de 2026, dos atacantes jóvenes abrieron fuego en el barrio de Clairemont, en San Diego. El ataque se produjo en el centro islámico, que integra la mezquita más grande de la ciudad y una escuela elemental. Las autoridades investigan el suceso como un crimen de odio con claros indicios de motivación terrorista.
Como consecuencia de la acción terrorista, tres hombres fueron asesinados: un guardia de seguridad y dos empleados de la mezquita. El guardia, padre de ocho hijos, perdió la vida intentando impedir el acceso de los agresores al edificio; su intervención fue decisiva para limitar el número de víctimas. Todos los menores y el personal escolar fueron evacuados sin heridos. Los dos sospechosos, hallados muertos en un vehículo cercano con heridas autoinfligidas, han sido identificados como Cain Clark, de 17 años, y Caleb Velasquez, de 18, ambos vecinos de San Diego.
Cain Clark cursaba sus estudios de forma virtual desde casa y estaba próxima su graduación. Aunque residía en la zona de cobertura del James Madison High School, no asistía presencialmente a las clases. No obstante, sí había participado en el equipo de lucha del centro dueante los dos últimos años, llegando a ganar un torneo en enero de 2024. Su familia expresó consternación ante los hechos. El segundo agresor, Caleb Velasquez, tenía 18 años.
Horas antes del ataque, Clark habría sustraído al menos tres armas de fuego del domicilio familiar. Su madre alertó a la policía sobre su desaparición sin saber lo que estaba por ocurrir. Las autoridades investigan los entornos digitales y sociales de ambos jóvenes para reconstruir con detalle el proceso de radicalización. Asimismo, durante los registros realizados en viviendas del entorno de los dos atacantes se han hallado una treintena de armas.
El jefe de policía de San Diego ha confirmado públicamente que la investigación se centra en el delito de odio y que existe «retórica de odio generalizada» claramente vinculada al caso. Por su parte, el Consejo de Relaciones Americano-Islámicas (CAIR) de San Diego ha condenado el ataque como un «acto de violencia aterrador». Su directora ejecutiva, Tazheen Nizam, ha declarado que nadie debería temer por su seguridad mientras asiste a sus oraciones o estudia en una escuela elemental. Por último, el imán del centro confirmó que afortunadamente todos los estudiantes y profesores fueron evacuados sanos y salvos.
Un cuadro probatorio de motivación ideológica: la simbología neonazi y la narrativa supremacista
Más allá de los hechos materiales, el análisis de la escena revela una arquitectura simbólica coherente con el ecosistema del supremacismo blanco contemporáneo. En los vídeos y fotografías que han comenzado a circular, se aprecia a un joven que encaja con la descripción de Clark vistiendo un chaleco táctico con un parche del Sonnenrad o «Rueda del Sol», uno de los emblemas más utilizados por grupos neonazis y de supremacía blanca. En la escena también ha sido hallado un bidón de combustible rojo con marcas de las SS, referencia directa a las Schutzstaffel, la organización paramilitar del Tercer Reich.

Captura del vídeo difundido en streaming por los atacantes en el que se observa el uso de simbología nazi en su equipamiento. Fuente: Redes sociales.
El Sonnenrad es un símbolo geométrico de origen nórdico reutilizado por las SS y hoy ampliamente empleado por grupos extremistas como señal de identidad ideológica. La doble runa «Sig», por su parte, fue el emblema de las Schutzstaffel, cuerpo de élite del régimen nazi responsable de los campos de exterminio. Su uso en objetos o vestuario es un indicador inequívoco de afiliación a esa corriente. La inscripción de consignas racistas en las armas, por último, es una práctica generalizada en atentados de extrema derecha desde el ataque de Christchurch en 2019, que supuso un modelo a seguir e imitar para otros terroristas. Asimismo, que los jóvenes retransmitieran en directo el vídeo de la comisión del ataque con imágenes en primera persona guarda un paralelismo directo a modo de imitación con el atentado de Nueva Zelanda. De la misma forma, y al igual que hizo el terrorista Brenton Tarrant en aquella ocasión, los dos jóvenes del ataque de San Diego habrían dejado escrito un manuscrito de 75 páginas basado en iconografía nazi y menciones explícitas a la ideología incel, al aceleracionismo y al supremacismo blanco. Todo ello incorporando la cultura de memes racistas, un elemento muy común en el seno de las comunidades extremistas online asociadas a movimientos de extrema derecha.
Las autoridades han subrayado que los símbolos por sí solos no demuestran automáticamente que fueran el detonante del ataque. Sin embargo, la presencia de las evidencias descritas adquiere pleno significado al combinarse con el conjunto de hallazgos recuperados durante la investigación:
También es preciso destacar que San Diego tiene precedentes con casos de ataques de extrema derecha. En 2019 se registraron el incendio provocado en una mezquita de Escondido y el tiroteo en la sinagoga de Poway, ambos vinculados a la misma corriente ideológica. Dichos precedentes, sumado al ataque ocurrido hace escasos días, ponen de manifiesto que las medidas adoptadas durante estos últimos años no han sido suficientes para neutralizar la amenaza en la región.
Este atentado se inscribe en un patrón documentado de violencia terrorista motivada por el supremacismo blanco y la islamofobia en Occidente. Al igual que en los ataques de Christchurch o el tiroteo en la sinagoga de Pittsburgh en 2018, los agresores empleaban una simbología compartida, un vocabulario visual reconocible dentro de los círculos extremistas, y elegían sus objetivos con precisión persiguiendo un fin político. Asimismo, la radicalización de menores y adultos jóvenes a través de entornos digitales es una tendencia creciente que las agencias de inteligencia occidentales llevan años alertando. Tanto es así que la investigación ha confirmado que los dos terroristas de San Diego se conocieron en el ciberespacio. Su juventud no atenúa la gravedad del hecho; al contrario, subraya la urgencia de intervenir en los procesos de captación y adoctrinamiento online que alimentan este tipo de violencia.
El ataque en San Diego confirma que el terrorismo y la radicalización violenta de extrema derecha continúan siendo una de las amenazas más activas para las democracias occidentales, y que los ataques contra comunidades religiosas, en particular musulmanas y judías, son uno de sus vectores predilectos. Todo ello pese a que este tipo de desafío no se considere ni mucho menos una prioridad por parte de Estados Unidos, ya que no se menciona ni tan solo una vez en su última estrategia contraterrorista 2026 la amenaza que representan los movimientos violentos de extrema derecha para el propio país, algo que ha sido muy criticado desde diferentes ámbitos, incluyendo academia, contraterrorismo e inteligencia.
Este atentado no es un hecho aislado ni el producto de una perturbación individual. Es la expresión más reciente de un fenómeno que lleva años consolidándose en las sociedades occidentales: la radicalización violenta de extrema derecha, alimentada por ecosistemas digitales que difunden ideología de odio con una eficacia que las instituciones todavía no han sabido contrarrestar de manera efectiva. Esa realidad obliga a ir más allá de la condena ritual y exige respuestas concretas: inversión en programas de prevención de la radicalización, formación de las fuerzas de seguridad en la detección temprana de señales de alerta y una reflexión seria sobre la responsabilidad de las plataformas digitales en la propagación de contenidos que conducen directamente a la violencia.
Comprender los mecanismos de la radicalización es el primer paso imprescindible para frenarla. Mientras las democracias occidentales no traten el terrorismo de extrema derecha con la misma contundencia institucional con que han abordado otras formas de terrorismo, comunidades como la de San Diego seguirán siendo vulnerables.
Maria Cantó, responsable del área de terrorismo y violencia de extrema derecha del OIET.
Carlos Igualada, director del OIET.