José Antonio Pardines, la primera víctima mortal de ETA

En ocasiones se ha atribuido a ETA la bomba que estalló el 27 de junio de 1960 en la estación de tren de Amara (San Sebastián), la cual acabó con la vida de la niña Begoña Urroz Ibarrola. No obstante, no existe ninguna prueba sólida que respalde dicha hipótesis. Los indicios con los que contamos apuntan a la autoría del DRIL, el Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación, un efímero grupo hispanoluso antifranquista y antisalazarista fundado en 1959 y cuya acción más conocida fue el secuestro del buque portugués Santa María a principios de 1961. Es indudable que Begoña Urroz Ibarrola fue víctima del terrorismo, pero es necesario aclarar definitivamente que la primera víctima mortal de ETA no fue ella, sino José Antonio Pardines, guardia civil asesinado seis años después, en 1968.

En marzo de 1967 ETA celebró la segunda parte de su V Asamblea, en la cual se ratificó la estrategia de acción-reacción-acción, es decir, había que realizar atentados para provocar la represión de la dictadura franquista, mejor cuanto más desproporcionada e indiscriminada. El estallido de la «guerra revolucionaria», se venía a anunciar, era inminente. El sentido de las votaciones confirmó la hegemonía de la tendencia tercermundista de ETA, encabezada por jóvenes dirigentes admiradores de Federico Krutwig y la revolución cubana, especialmente de la figura ya legendaria de Ernesto Ché Guevara, a quien muchos de ellos soñaban con emular. Formaban parte de la misma generación que en Italia, Alemania e Irlanda del Norte empezó a experimentar con las armas entre 1965 y 1972.

El acta de la segunda parte de la V Asamblea recogía que «el método de acción será un proceso de acción ascendente de acción reacción en los cuatro frentes que componen la lucha revolucionaria de TC00275501_primera_rgb_altaun país oprimido», pero en la práctica el peso de la espiral recayó en la sección militar de ETA. Gracias los nuevos fondos de los que disponía tras realizar tres atracos en dos sedes del Banco Guipuzcoano, una cantidad equivalente a unos 325.000 euros actuales, ETA pudo embarcarse en un activismo frenético (aunque en ocasiones se le atribuyen atentados que tenían el sello de Los Cabras): voladuras de símbolos franquistas, quema de coches de personas acusadas de colaborar con las FCSE («chivatos»), así como bombas contra diversos objetivos (ayuntamientos, locales sindicales, medios de comunicación, etc.). Habiendo colocado «en el centro de su cosmogonía la adoración a las armas», recuerda Teo Uriarte, se generalizó que los liberados de la organización llevasen pistola. Tal circunstancia propició situaciones límite como la detención de Sabin Arana a principios de 1968 o las escaramuzas entre José María Escubi (Bruno) y las fuerzas de seguridad. Como subraya José María Garmendia, crecía «la posibilidad de una muerte violenta en un enfrentamiento armado, evidente consecuencia de la actividad desplegada por ETA en un régimen como el entonces vigente». En cierto sentido, era solo cuestión de tiempo. Así lo pronosticaba el manifiesto del grupo para el Aberri Eguna, redactado por Txabi Etxebarrieta: «Para nadie es un secreto que difícilmente saldremos de 1968 sin algún muerto». Se trató de una profecía autocumplida.

En ese clima hay que situar la trascendental sesión del Biltzar Ttipia (Pequeña Asamblea) de ETA, órgano dirigente con una función similar al comité central de los partidos comunistas, que se celebró en Ondárroa (Vizcaya) el 2 de junio de 1968. Los líderes asistentes a aquella reunión tomaron la decisión de preparar el asesinato de José María Junquera y Melitón Manzanas, los jefes de la Brigada Político-Social de Bilbao y San Sebastián respectivamente. El encargado de planificar y dirigir esta última operación, bautizada Sagarra (Manzana), era Txabi Etxebarrieta, un joven líder de ETA fascinado por las armas, culto y con cierto talento literario. Entre otras cosas, había escrito un par de poesías dedicadas a los gudaris de la Guerra Civil. No le dio tiempo a cumplir la misión que se le había encomendado.

El 7 de junio de 1968 la carretera Madrid-Irún (Nacional I) se encontraba en obras, razón por la que los guardias civiles José Antonio Pardines y Félix de Diego Martínez estaban regulando el tráfico, cada uno en un extremo del tramo afectado. El control de Pardines se situaba a la altura de Villabona. Allí, como parte de la rutina, detuvo sucesivamente a una serie de vehículos. El último de ellos era el automóvil robado en el que viajaban Txabi Etxebarrieta y su compañero Iñaki Sarasketa. En una entrevista que concedió a El Mundo en 1998, que concuerda tanto con las declaraciones que anteriormente había realizado al diario Egin (1978) como de manera parcial con la versión de un testigo directo, la del camionero Fermín Garcés Hualde, que los periódicos plasmaron al día siguiente del suceso, Sarasketa declaraba:

Supongo (…) que se dio cuenta de que la matrícula era falsa. Por lo menos, sospechó. Nos pidió la documentación y dio la vuelta al coche para comprobar si coincidía con los números del motor. Txabi me dijo. «Si lo descubre, le mato». «No hace falta, contesté yo, lo desarmamos y nos vamos». «No, si lo descubre le mato». Salimos del coche. El guardia civil nos daba la espalda, de cuclillas mirando el motor en la parte de detrás. Sin volverse empezó a hablar. «Esto no coincide…». Txabi sacó la pistola y le disparó en ese momento. Cayó boca arriba. Txabi volvió a dispararle tres o cuatro tiros más en el pecho. Había tomado centraminas y quizá eso influyó. En cualquier caso fue un día aciago. Un error. Como otros muchos en estos 20 años. Era un guardia civil anónimo, un pobre chaval. No había ninguna necesidad de que aquel hombre muriera.

Aquel asesinato, a sangre fría y por la espalda, resume perfectamente la historia de ETA. No fue un suceso inevitable, ni un accidente, ni estaba marcado por el destino. Y, por supuesto, tampoco se trató de un episodio bélico enmarcado en un supuestamente secular conflicto étnico entre vascos y españoles, guerra que solo ha existido en la imaginación del nacionalismo vasco radical. De no mediar la voluntad de un autoproclamado nuevo gudari de ETA, aquel crimen nunca habría ocurrido. Txabi Etxebarrieta decidió apretar el gatillo y acabar con una vida humana, poniendo en marcha la espiral de acción-reacción que poco después se llevó por delante la suya propia. ETA y sus simpatizantes borraron a Pardines de la historia, le inventaron una muerte alternativa (un atropello por un desconocido) o le reservaron el papel de agresor, versión que, contra toda evidencia, todavía es defendida (y transmitida a parte de nuestros jóvenes) por algunos destacados propagandistas abertzales. Es muy peligroso que las mentiras se perpetúen. Ante tal tesitura, los historiadores tenemos el deber cívico de contar lo que realmente ocurrió para evitar que los hechos queden sepultados por la desmemoria o por una visión del pasado sesgada y parcial.

 

*Este artículo es un extracto del libro de reciente aparición:

-Fernández Soldevilla, Gaizka (2016): La voluntad del gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA. Madrid: Tecnos. Prólogo de Florencio Domínguez.

Más información aquí: https://gaizkafernandez.wordpress.com/la-voluntad-del-gudari/