“La fragmentación de los talibán y de Dáesh dificulta predecir su evolución”

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“Hay veintiún grupos terroristas diferentes operando en Afganistán y Pakistán y, la mayoría de ellos, están afiliados o mantienen vínculos con los talibán”

“Cuanto más cerca estén las elecciones, más ataques habrá. Las elecciones no están legitimadas, no hay una democracia real en Afganistán”

“En Afganistán mueren más personas porque la guerra les rompe psicológicamente que por la guerra en sí misma”

En lo que llevamos de 2018 Afganistán ha copado el foco de la actividad yihadista a nivel mundial. Tan solo en septiembre, el investigador del OIET Carlos Igualada ha contabilizado el asesinato de 269 personas por este fenómeno. A menos de un mes de las elecciones parlamentarias, Afganistán continúa siendo un campo de batalla para el todos contra todos que parece no tener fin.

Para Amador Guallar Pérez (Barcelona, 1978), la comunidad internacional no dedica esfuerzos ni recursos suficientes para acabar con la guerra en Afganistán. Desde el 2001, el periodista y fotógrafo ha cubierto múltiples conflictos para medios como La Vanguardia, El Diario Siglo XXI o Avui hasta que entró a formar parte de la red de corresponsales de El Mundo. También ha trabajado para organismos como OXFAM, Acción contra el Hambre, ONU Mujer, la OTAN y el Gobierno afgano. En 2010, recibió el premio de la UNESCO a la mejor foto del año por su trabajo con los mineros afganos en Charikar (Afghanistan).

El periodista catalán conoce muy de cerca el conflicto afgano. A caballo entre París y Kabul durante diez años, ha sido testigo del alzamiento y la caída del autoproclamado califato de Dáesh y de cómo la guerra en Afganistán se ha cobrado la vida de miles de personas cada año. Después de experimentar en el país algunos de los momentos más atroces en su vida, Amador Guallar se enfrenta este mes a su nueva etapa como corresponsal para El Mundo en Marruecos.

Este año Afganistán ha desbancado a Irak como el país en el que más atentados terroristas yihadistas se están perpetrando y con el mayor número de víctimas mortales. ¿A qué se debe esta intensidad de la actividad terrorista en el país afgano?

El nivel de los ataques terroristas yihadistas en Afganistán no ha incrementado respecto a otros años. En Irak ha descendido el nivel de actividad terrorista debido a la caída del autoproclamado califato de Dáesh; por esta razón, ahora Afganistán es el país en el que más atentados terroristas se producen, con un nivel de letalidad alto.

¿Cómo ha influido la caída del califato de Dáesh en los niveles de terrorismo en Irak y Siria?

Dáesh se ha retirado de casi todos los lugares en los que tenía control. Queda un pequeño reducto en el que continúan perpetrando ataques, pero ya no tienen la presencia que tenían hace un año. La intensidad de la guerra en Siria supuso un foco de atención para el yihadismo internacional, pero ahora los movimientos yihadistas están volviendo a los santuarios donde se sienten seguros. Uno de ellos es Afganistán.

¿Está Dáesh intentando establecer un califato en Afganistán?

Sí. Como Dáesh ha perdido casi toda su fuerza en el norte de África, en Siria, en Irak y en Filipinas, el último reducto en el que tiene posibilidad de crear un califato es el de la región de Khorasan, en Afganistán, que incluye Pakistán, India, Turkmenistán, Uzbekistán e Irán entre otros países de la zona.

¿Está ganando combatientes en Afganistán? ¿Los afiliados a Dáesh que estaban antes en Siria e Irak se han trasladado a Afganistán?

Esta es una cuestión de debate en la actualidad, no hay una cifra consensuada. El representante de Rusia en la ONU dijo que hay unos 10.000 combatientes de Dáesh en Afganistán. El Gobierno afgano dice que hay 3.000. Los aliados de la Coalición dicen que no ha habido trasvase de combatientes de Dáesh a Afganistán, que tiene unos 2.000 en este país. Rusia e Irán tienen mucho terror a Dáesh, así como intereses económicos en los países vecinos, por lo que su fuerza real no es la que estos países promulgan.

“Rusia entiende que, si Dáesh quiere llegar a controlar las zonas del norte de Afganistán, su expansión natural será hacia Rusia. La única manera que tienen de frenarla es apoyarse en los talibán para que Dáesh se debilite”

Entonces, ¿cuál es su fuerza real? ¿Cómo consiguen atentar en Afganistán?

Los últimos ataques de Dáesh en Kabul han sido perpetrados gracias a la colaboración de la red Haqqani, un grupo de mercenarios que tiene su base en Pakistán. La red Haqqani fue la propulsora de los ataques suicidas como medio para llevar a cabo acciones terroristas. Los Haqqani han participado en casi todos los ataques que ha perpetrado Dáesh en Afganistán. Por tanto, la fuerza de Dáesh en Afganistán no es únicamente de este grupo terrorista. Sí se puede afirmar que en el distrito de Darzab, en la región de Jawzjan, que está al norte de Afganistán, había extranjeros de Dáesh, posiblemente de nacionalidad francesa.  A finales de julio, tras un combate con los talibanes, Dáesh fue eliminado en esa región y muchos de sus miembros, incluidos líderes, se rindieron ante las tropas afganas para salvar su vida.

¿En qué posición deja esto a los grupos talibán? ¿Podría haber una alianza entre Dáesh y los talibán? ¿O un enfrentamiento?

Podrían ocurrir ambas cosas, es difícil predecir las alianzas o enfrentamientos entre grupos terroristas. En algunas regiones como Ghor o Nangarhar puede que haya habido una alianza entre ambos grupos, pero en otras regiones no ha ocurrido. En junio se registró un gran enfrentamiento entre ambos grupos en la región de Kunar y más tarde en Jawzjan. Tanto los talibán como Dáesh están muy fragmentados, lo cual dificulta predecir la evolución de ambos movimientos yihadistas.

El actual jefe de los talibán, el Mulá Akhundzada, que tiene su sede en Baluchistán, tiene una posición diferente respecto a Dáesh a la que tenía el anterior líder, el Mulá Mansur. Akhundzada ha acercado posiciones con Dáesh, mientras que el Mulá Mansur no quería establecer ningún tipo de alianza con Dáesh porque el movimiento talibán no son un grupo con aspiraciones globales. Los enfrentamientos que hubo entre Dáesh y los talibán cuando estaba el Mulá Mansur causaron la muerte a cientos de personas. Pero el Mulá Akhundzada ha decidido que los intereses del “Emirato Islámico de Afganistán”, tal y como autodenominan los talibán, están alineados con los suyos, por lo que está habiendo un acercamiento entre ambos grupos en varias regiones del país. Mientras, en otras combaten entre sí de manera abierta.

¿Cómo puede afectar a Rusia una posible alianza entre Dáesh y los talibán a largo plazo, ya que temen tanto a Dáesh?

Rusia es consciente de que el foco de actuación de los talibán es local y de que no quieren grupos terroristas internacionales operando en Afganistán. Pueden establecer alianzas en momentos puntuales y alinear sus intereses, pero la lucha de los talibán no es global, por lo que su postura oficial continúa siendo de rechazo a Dáesh.

Los talibán están recibiendo armas y dinero de Rusia para combatir a Dáesh; Rusia reconoce que tiene relaciones diplomáticas con los talibán, aunque no admite que les proporcione dinero o armas. Como el Gobierno de Kabul es muy débil y, por tanto, no puede combatir contra Dáesh por sí mismo, Rusia ve que la única solución para luchar contra Dáesh es ayudar a los talibán. Además, tiene la idea de que Dáesh es una herramienta en manos de EEUU para ganar influencia en la zona.

¿Al igual que tenían la idea de que Al Qaeda también lo controlaba EEUU?

Los americanos sienten lo mismo hacia Al Qaeda que los rusos hacia Dáesh. Los rusos no tienen problema con Al Qaeda, nunca lo han tenido, pero sí lo tienen con el Dáesh. Dáesh ha influido mucho en los movimientos extremistas islámicos en Rusia y ahora tiene muchos combatientes chechenos, que son la élite del terrorismo mundial. Dáesh es, por tanto, un peligro para los rusos; no así Al Qaeda. Rusia entiende que, si Dáesh quiere llegar a controlar las zonas del norte de Afganistán, su expansión natural será hacia Rusia. La única manera que tienen de frenar esta expansión es apoyarse en los talibán para que Dáesh se debilite.  Y lo están consiguiendo. En los últimos meses la actividad de Dáesh en el norte casi ha desaparecido.

Pero, si hay grupos talibán relacionados con Dáesh, ¿cómo controla Rusia que los talibán obedezcan a sus intereses?

El Dáesh que opera en Afganistán no es el Dáesh que estableció un califato en Irak y Siria. El Dáesh afgano funciona como una franquicia. En Afganistán, el 99,9% de los combatientes de Dáesh son producto nacional, siendo la mayoría excombatientes talibán. Hay veintiún grupos terroristas diferentes operando en Afganistán y Pakistán, y la mayoría de ellos están afiliados o mantienen vínculos con los talibán. Cada grupo tiene sus comandantes y lucha a su manera. En ocasiones se unen para hacer ofensivas conjuntas en Kunduz, en Faryab, en Helmand… pero casi siempre operan de manera independiente. Es decir, aunque sean complicados de controlar, Rusia ha establecido relaciones con grupos talibán que se niegan a aceptar la presencia o las injerencias del IS en Afganistán.

¿Qué motivaciones pueden tener los talibán que pasan a combatir junto con Dáesh?

Dinero y afiliación. Los combatientes talibanes se deben a su comandante, al líder tribal de su región. Si este establece que ese grupo talibán se debe unir a Dáesh, los combatientes bajo sus órdenes lo hacen. Esto ocurrió, por ejemplo, en Nangarhar, región al este de Afganistán, hará unos seis meses. Este territorio es colindante con Pakistán y ahora es uno de los focos más importantes del terrorismo yihadista. Es donde están las cuevas de Tora Bora donde se escondió Bin Laden. Las fuerzas especiales afganas están allí.

¿Esas alianzas puntuales de los talibán con Dáesh se han dado para atacar ciertos centros chiíes?

Ambos movimientos yihadistas están enfrentados con la comunidad chií, pero no hay pruebas de que se hayan establecido alianzas para atacarla. Dáesh ha atentado con mucha fuerza en algunos centros chiíes, en Kabul y en otras provincias, pero los talibán ya no arremeten contra la comunidad chií de forma tan directa como lo hacían antes porque saben que necesitan tener al pueblo afgano de su lado. Su final es convertirse en la formación política mayoritaria en Afganistán, por lo que han dejado de centrarse en este tipo de masacres. Su objetivo, tal y como indicaron a principios de año, es expulsar a las fuerzas invasoras y su Gobierno de títeres.

Por otro lado, el peso del genocidio contra los chiíes afganos lo lleva ahora Dáesh; es decir, que les dejan hacer. Así como el Mulá Mansur ordenaba a sus combatientes talibán que acabasen con los terroristas de Dáesh, el Mulá Akhundzaza no lo hace porque le conviene que Dáesh haga “el trabajo sucio”: los ataques con camión bomba, los ataques a mezquitas… Se podría decir que han establecido una alianza en este sentido: los talibán dejan a Dáesh hacer las masacres y ellos se centran en ganarse la confianza del pueblo afgano con otro tipo de acciones encaminadas a derrotar al Gobierno y a la coalición.

Desde que empezó la guerra de Afganistán en 2001, ¿los grupos talibán han sufrido una transformación en su manera de combatir?

Los combatientes talibán han evolucionado mucho en todos estos años, lo cual no significa que ahora sean mejores luchadores que antes. Siempre han sido buenos. Cuando empezó la guerra combatían de una manera más abierta: tenían sus tanques y se movían en grandes agrupaciones, igual que un ejército. Pero desde su rápida derrota en 2001 y 2002, la táctica pasó a ser de guerra de guerrillas. Si no, no pueden moverse dado que EEUU combate a través del aire y de drones. Es lo mismo que hicieron cuando lucharon contra la Unión Soviética. Hoy, siguen adaptándose a los nuevos tiempos y han desarrollado estrategias que antes no tenían, como las Brigadas Internacionales de los talibán, compuestas por chechenos, tayikos y pakistaníes.

Si su estrategia es de guerra de guerrillas, frente a la de otras fuerzas que luchan en Afganistán con tácticas más letales, ¿por qué tienen más control sobre Afganistán los talibán?

Porque la estrategia de la OTAN consiste en centrarse en las zonas que consideran, al igual que el Gobierno afgano, vitales para el país. Es la Teoría de los Dusty Districts, que establece que si se conquistan ciertas zonas clave de Afganistán, el resto del país también caerá por un efecto de dominó. Una zona clave podría ser Helmand; sin embargo, la OTAN lleva intentando conquistarla desde el 2008 y no lo ha conseguido.

La OTAN no ha intentado conquistar el resto de distritos que no tienen minerales ni recursos naturales y que constituyen la mayoría de Afganistán. Por ello, el 70% de Afganistán, según los últimos datos de la BBC, está en manos de los talibán. La OTAN no intenta conquistar zonas que no considere estratégicamente relevantes.  En mi opinión, éste es uno de los motivos fundamentales que explican la gran pérdida de territorio por parte de Kabul.

¿Cómo obtienen las armas los talibán?

Asaltan muchos check points del ejército afgano, que está muy bien armado. También consiguen armas a través del tráfico de drogas, que les da acceso a comprar armas en el mercado negro, y gracias a Rusia, que les está proporcionando mucho dinero y armas. A través de estas tres vías consiguen casi todo su equipamiento. Como su estrategia está centrada en ganarse la confianza de los afganos, su equipamiento militar no requiere más armamento que transporte, mucha munición, explosivos y varios tipos de ametralladoras desde AK-47, que son las corrientes, hasta 0.50 mm que son para establecer una posición. Es el mismo armamento que el que utilizaban cuando luchaban contra la Unión Soviética o incluso menos.

El Gobierno afgano ha perdido más del 15% de su territorio durante el año 2017. ¿Cómo prevé el Gobierno afgano que va a evolucionar este conflicto que lleva desde el 2001?

Fue un error entregar en 2014 el peso de la seguridad en el país al Gobierno afgano y sus fuerzas y cuerpos de seguridad. No estaban preparados para asumirlo, por eso han perdido tanto territorio. Por ejemplo, la provincia de Badghis era una de las más seguras de todo el país y con menos producción de opio; pero el Gobierno afgano perdió el control sobre ella y los talibán la conquistaron. Ahora, es una de las provincias más inseguras del país y con mayor producción de opio.

La conclusión del último estudio que se ha hecho sobre este tema es que los talibán controlan del 60% al 70% del país. Sin embargo, según el Gobierno afgano, menos del 50%, porque se disputan el 35% del país. Pero las cifras no son fiables. Por ejemplo, el Gobierno afgano asegura que la operación Maiwand-12, cuyo objetivo es expulsar a los talibanes de Helmand, está venciendo gracias al nuevo liderazgo de la OTAN y a que los comandos, la élite del ejército afgano, están mejor entrenados. Pero la realidad es que la ofensiva lleva meses estancada.

¿Qué lectura hace usted de esto? ¿Y cómo va a influir en la evolución del terrorismo yihadista en Afganistán?

Que la situación no variará mucho de cómo está ahora. Puede que haya un pico de intensidad de violencia estos meses, dependerá de cómo vayan las negociaciones de paz de las que no se sabe nada porque son secretas. La última gran ofensiva contra los talibán ha sido en Farah. Y, en este caso, no tenía nada que ver con la guerra en sí, sino con una lucha por el control del agua.

En cuanto al terrorismo más salvaje, el que llega a los medios internacionales, creo que este año va a estar muy centrado en las acciones del Estado Islámico.

Con las elecciones parlamentarias de Afganistán previstas para el 20 de octubre y las presidenciales para el año que viene, ¿cree que aumentarán los ataques a los centros de registros de votantes?

Sí, es muy probable. Habrá ataques y no solo de los talibán, hay muchos grupos independientes que están en contra de estas elecciones. Probablemente, cuanto más cerca estén las elecciones, más ataques habrá, porque no están legitimadas, no hay una democracia real en Afganistán por mucho que haya elecciones. Los ataques contra centros de registros de votantes estaban siendo muy efectivos, aunque de los catorce millones de votantes que se pueden registrar, por ahora lo han hecho más o menos nueve millones de afganos, según cifras de la Comisión Electoral Independiente afgana. Sin embargo, no hay pruebas de dicho registro. Yo, personalmente, creo que han inflado las cifras para justificar la gran inversión monetaria extranjera en las elecciones.

La gente tiene miedo. Habrá ganadores de las elecciones, pero no serán elecciones democráticas porque las comprará el mejor postor. De momento, la democracia en Afganistán es solo una idea. Por la que se lucha, sí, pero no está materializada y queda mucho para que se logre tal cosa.

¿Hay algún plan a largo plazo de pacificar el país por parte de la comunidad internacional?

El plan es el mismo que hay desde que se estableció el Gobierno de Kabul, el que establecieron la OTAN y EEUU: apoyar y asistir al Gobierno de Afganistán para que legitime su democracia y ayudar a las tropas afganas a que debiliten a los talibán y los empujen a negociar.

¿Cómo es vivir en Afganistán con ese clima de inseguridad tan elevado?

Para los afganos es parte de la vida. La mortalidad es altísima y muchas familias tienen miembros en el ejército, en la policía o en los talibán, o incluso en los dos bandos. Los afganos han llegado a un punto en el que la única forma que tienen de sobrevivir es aceptar que ese es su día a día. La religión juega un papel amortiguador en el efecto devastador que tiene cada ataque terrorista. Creen que todo ocurre por una razón y que solo Dios tiene el poder de decisión de las cosas que acontecen a diario.

“El peso del genocidio contra los chiíes afganos lo lleva ahora Dáesh. Los talibán no se lo impiden y se centran en ganarse la confianza del pueblo afgano. Los talibán han cambiado un poco su estrategia: ven que los afganos están derrotados con tanto sufrimiento y han decidido dar un giro de 180 grados para cambiar la opinión pública”

En Kabul, una hora después del ataque de la ambulancia bomba en enero de 2018, todas las tiendas estaban abiertas. Recogieron los cristales, limpiaron la sangre, se llevaron lo que quedaba de los cuerpos, pusieron cristales nuevos ese mismo día y siguieron adelante. Cuando hay un ataque terrorista en un barrio de Kabul, en el barrio de al lado la gente está en el parque. Eso sería impensable en un país europeo. Pero en Afganistán, desafortunadamente, la violencia está tan incrustada en la sociedad que a los afganos no les queda más remedio que vivir con ella.

¿Cómo se acostumbra uno a la guerra y al terrorismo? ¿Es posible?

Es imposible acostumbrarse a eso, pero algunos afganos lo sobrellevan mejor que otros. Por lo general, la salud mental afgana está fatal. En Afganistán se suicidan, según cifras del Gobierno afgano, unas 10.000 personas al año. Y eso son solo los suicidios contabilizados. Son muchísimos. En la guerra mueren entre 3.000 y 4.000 personas al año. Es decir, que mueren más personas porque la guerra les rompe psicológicamente que en la guerra en sí misma.

Ante el salvajismo y los horrores de la guerra, solo hay dos opciones: o te rompes o la aceptas. En el caso de los afganos, la mayoría siguen adelante. Sin embargo, su juventud está agotada y está emigrando del país. Esa juventud que, en 2008, 2009 o 2010 tenía la esperanza de que la guerra fuese a terminar, de que la capital estaba cambiando, de que el país estaba cambiando… se está marchando al ver que no es así y que la situación está ahora igual que al principio de la guerra. Por eso el pueblo afgano se ha roto, aunque su filosofía de vida y su sistema social tribal hacen que esa rotura se aguante con tiritas.

¿Esto ha agravado la crisis humanitaria de refugiados afganos que vienen hacia Europa?

Sí. Muchos afganos están exhaustos y no ven otra salida que escapar del país. Muchos de los refugiados que vienen a Europa son afganos. Creo que solo he visto al pueblo de Gaza ser tan fuerte como el pueblo afgano para convivir con esos niveles de sufrimiento diario, pero ha llegado a un punto en que no pueden más. Por eso los talibán han cambiado un poco su estrategia: ven que los afganos están derrotados con tanto sufrimiento y han decidido dar un giro de 180 grados para cambiar la opinión pública. Por eso aceptaron el alto al fuego del pasado Eid.

¿Cómo valora la respuesta de la comunidad internacional en la crisis migratoria?

Insuficiente. La Coalición, la OTAN, la Unión Europea, Estados Unidos, todos los aliados, Australia, Nueva Zelanda, Jordania… Todos los países que han pasado por Afganistán, aunque han dado mucho dinero y se sigue aprobando que se den miles de millones de dólares en ayudas humanitarias, lo cierto es que han fracasado. El país sigue en guerra, la gente sigue muriéndose, sigue queriendo irse del país. Y no tienen a dónde ir.

Ese dinero destinado a ayuda humanitaria en Afganistán, ¿en qué se traduce?

Se envían cantidades de dinero enormes a Afganistán, pero no se chequea qué pasa con él. Dubái es el puente aéreo a Kabul, todo va de Kabul a Dubái y de Dubái a Kabul. Si nos paramos a ver cómo ha crecido Dubái desde que empezó la guerra de Afganistán, podemos hacernos una idea de dónde ha ido a parar el dinero afgano. Me acuerdo de que en 2009 desaparecieron 980 millones de dólares del banco de Kabul. Ese dinero era de la ONU para pagar a la policía y despareció de un día para otro. Luego se supo que ese dinero había ido a parar a un negocio inmobiliario en Dubái.

Llega muy poco dinero a Afganistán del que originalmente estaba destinado a las ayudas humanitarias y el que llega se invierte mal. Los programas de la ONU y la comunidad internacional no funcionan y el dinero se está malgastando.

Después de tantos años de guerra, ¿cómo es que no ha habido un cambio de estrategia para acabar con ella?

En el caso de la ONU y de muchas ONGs, en mi opinión han fracasado por incapacidad y falta de profesionalidad y por la falta de control sobre las inversiones que se realizan para supuestamente reconstruir las infraestructuras del país. En Afganistán hemos fracasado militar, económica, social y democráticamente. El mundo ha abandonado a Afganistán completamente, solo es recordada cuando hay una masacre en Kabul. Sale en los medios un día… y se olvida, a pesar de que la guerra empezó hace ya diecisiete años. No se ha hecho ningún esfuerzo internacional para presionar a los países de alrededor como Pakistán, hace años que luchan en el país por sus propios intereses.

¿Qué intereses?

La guerra es buena para la economía de muchos países, sobre todo para países cuya economía se basa en la guerra, en la producción de armas. La economía de guerra nutre a Europa también. La guerra de Afganistán es un supermercado de armas. Pero no solo eso: Afganistán también es geopolítica, es el gaseoducto que va a ir por Tayikistán, Afganistán, Pakistán e India. Ese es el conocido como gaseoducto TAPI. Muchos grupos talibanes luchan para controlar el territorio por el que pasará porque es el futuro de la economía afgana.

¿La comunidad internacional debería presionar más a los países colindantes para que termine el conflicto en Afganistán?

La diplomacia es la única forma de acabar con este conflicto. Pero diplomacia no es sentarse a negociar la paz con los talibán o con Dáesh. Significa negociar con Pakistán, con India Rusia, Irán, Estados Unidos, etc. El conflicto afgano tiene mucho que ver con el conflicto interno que hay en Pakistán y es también resultado del conflicto que hay entre Pakistán e India. También de los intereses de Irán, de Rusia… La solución al conflicto afgano tendría que pasar por que los países de la región fuesen los que decidan cuál es la mejor forma de actuar según sus intereses y siempre respetando la libertad y la soberanía del otro.

La diplomacia debe hacerse en un momento en que sea beneficiosa para todas las partes. En este momento tenemos a unos talibán fuertes y a un Gobierno débil. Es decir, la solución diplomática como consecuencia de esta situación pasaría por que los talibán consigan muchas de sus exigencias. Entonces, ¿estamos dispuestos a conceder a los talibán que las mujeres no tengan derechos de ningún tipo? ¿A qué estamos dispuestos a renunciar? La solución diplomática solo tiene cabida cuando hay un Gobierno fuerte que pueda imponer ciertos derechos mínimos para asentar una democracia y una garantía de derechos humanos. La diplomacia debe garantizar que se consiguen ciertas libertades básicas y el imperio de la ley.

¿Cómo ha sido su experiencia en Afganistán como periodista después de diez años allí?

Afganistán en sí ha sido la experiencia más importante de mi vida. Me ha cambiado para siempre. Es más que un país, es un estado de ánimo capaz de llevar a cabo lo mejor y lo peor que puede ofrecer el ser humano. Como periodista, para mí ha sido un privilegio, pero tardaré años en procesar todo lo vivido. Especialmente los últimos dos años.

Por ejemplo, a finales de abril mataron a muchos de mis compañeros periodistas en un ataque en Shashdarack. Un total de nueve ese horrible día. Que yo me salvase fue pura suerte. Yo estaba en el control interior, negociando para que la policía afgana me dejase pasar, y ellos en el exterior. Justo en ese momento explotó una segunda bomba. Fue una diferencia de dos minutos la que me salvó la vida. Si hubiese llegado un poco antes, estaría muerto, igual que mis compañeros. Nunca me lo quitaré de la cabeza.