

Comunicado publicado por HAYI en el que se atribuye el apuñalamiento de Londres que tuvo lugar el 29 de abril. Fuente: Redes sociales.

Comunicado publicado por HAYI en el que el grupo se atribuye el apuñalamiento de Londres ocurrido el 29 de abril. Fuente: Telegram
Durante las últimas semanas ha emergido en Europa una nueva amenaza de carácter terrorista bajo la denominación Harakat Ashab al-Yamin al-Islamiyya (HAYI). En apenas mes y medio, este grupo islamista de orientación chií se ha atribuido una quincena de ataques perpetrados en distintas ciudades europeas. El patrón de selección de los objetivos resulta claro: comunidades judías e intereses vinculados a Israel en el extranjero. Así quedó ya de manifiesto en su primer comunicado en el cual se ilustraba con nitidez su marco ideológico y la identificación de sus enemigos: “Seguiremos amenazando a Estados Unidos e Israel, así como sus intereses en todo el mundo, hasta que hayamos vengado la muerte de cada niño en Gaza, Irán, Líbano y otras naciones resistentes”. En esta narrativa, Estados Unidos e Israel son presentados como responsables de la inestabilidad regional tras el estallido del conflicto con Irán, legitimando así el uso de la violencia como respuesta a supuestos ataques indiscriminados contra países musulmanes y haciendo llamamientos para que ciudadanos simpatizantes con su causa cometan acciones violentas en su favor.
La secuencia de acciones reivindicadas por HAYI se inició el 9 de marzo con el ataque a una sinagoga en Lieja, donde varios individuos lanzaron artefactos explosivos contra la fachada del templo. Desde entonces, el grupo se ha atribuido una serie de acciones de baja intensidad y limitada sofisticación, más próximas al sabotaje simbólico para generar miedo que al terrorismo convencional. En este marco se inscriben, entre otros, los incendios de sinagogas en Rotterdam y Ámsterdam, así como la quema de ambulancias en Londres pertenecientes a una organización caritativa judía.

Primer comunicado publicado por HAYI tras el ataque de Lieja, Bélgica. Fuente: Telegram.
No obstante, a mediados de abril HAYI difundió un comunicado a través de sus cuentas en diferentes plataformas de mensajería que apuntaba a un cambio estratégico, anunciando una “segunda fase de operaciones”. Esta escalada retórica coincidió con un incidente en las inmediaciones de la embajada de Israel en Londres, donde se estableció un perímetro de seguridad tras la detección de objetos sospechosos. El grupo afirmó haber llevado a cabo un ataque mediante drones con “materiales radiactivos y cancerígenos”; sin embargo, las investigaciones determinaron que las sustancias halladas eran inocuas tras encontrarse varias botellas con polvo que resultó ser inofensivo para la salud.
En este contexto de creciente ambición operativa debe situarse el ataque del 29 de abril en Londres, cuando un individuo armado con un arma blanca apuñaló a dos personas en las inmediaciones de una sinagoga, en un barrio de mayoría judía. El agresor, que había sido previamente derivado en 2020 al programa Prevent, dejó gravemente herida a una de las víctimas. Como en ocasiones anteriores, HAYI reivindicó rápidamente el atentado, elogiando al autor como un “lobo solitario” que actuó contra “sionistas”. No obstante, y a diferencia de lo ocurrido en acciones previas en las que no existían dudas sobre su implicación, en esta ocasión no hay evidencia sólida que apunte a una vinculación del atacante con HAYI, por lo que este grupo podría estar aprovechando su creciente papel en los incidentes previos ocurridos para atribuirse como propia una acción ajena.
En cualquier caso, este apuñalamiento cometido en la capital inglesa supone un punto de inflexión: es el primer ataque asociado a HAYI bajo una clara intención de causar daño físico directo, en contraste con las acciones previas, caracterizadas por su amateurismo y su orientación hacia daños materiales. Paralelamente, la percepción de la amenaza ha evolucionado en el ámbito securitario. Mientras que los incidentes de marzo fueron tratados en muchos casos como delitos de odio, el apuñalamiento de Londres ha sido calificado por el gobierno como un acto terrorista. En el caso de que se confirme que HAYI está realmente detrás de este apuñalamiento, aunque su participación pueda limitarse al papel de inspiración ideológica, también preocupa la posible transformación del perfil del agresor, dado que podría pasar de actores con baja capacitación operativa a individuos potencialmente más dispuestos a infligir daño personal.
Más allá de una posible apropiación oportunista del atentado en Londres, este aspecto es crítico, ya que el principal riesgo podría residir en la capacidad de HAYI de actuar como catalizador ideológico. En tal caso, este grupo podría operar bajo un modelo de terrorismo de inspiración, similar al empleado en la actualidad por el autodenominado Estado Islámico en territorio europeo, donde individuos radicalizados ejecutan ataques sin vínculo orgánico directo, pero bajo la influencia de su propaganda y de su narrativa, difundida especialmente en el ciberespacio.
En el ámbito del contraterrorismo, ha crecido de forma significativa el interés por esclarecer quién se encuentra realmente detrás de HAYI y qué intereses estratégicos orientan su actividad. Aunque en un primer momento podía interpretarse como una entidad difusa con escasa estructura, el análisis de los ataques y de los perfiles de los detenidos permite identificar ciertos patrones operativos que apuntan a una mayor complejidad.
Uno de los elementos más llamativos es el perfil de los autores materiales. Un rasgo recurrente es su juventud: numerosos detenidos en Países Bajos, Bélgica y Reino Unido eran menores de edad o adultos jóvenes. Así lo demuestra, por ejemplo, el caso del menor de 17 años detenido tras el ataque del 19 de abril en el noroeste de Londres, donde se lanzó un artefacto incendiario de fabricación artesanal contra una sinagoga. De forma similar, dos adolescentes habían sido arrestados un mes antes en Amberes por un ataque de características prácticamente idénticas. A este factor generacional se suma, en varios casos, la existencia de antecedentes o vínculos con la delincuencia organizada. Resulta ilustrativo el caso de un ciudadano senegalés detenido a finales de marzo antes de que lograra detonar un artefacto explosivo junto a la sede de Banco de América en París. Un tercer patrón relevante es el modelo de ejecución indirecta de los atentados. En numerosos casos, los autores materiales son captados a través de plataformas digitales por intermediarios que les ofrecen una recompensa económica. Este mecanismo refuerza la hipótesis de externalización de la violencia. De nuevo, el caso del ciudadano senegalés, quien habría recibido 600 euros por un ataque que no llegó a consumar, o el de los adolescentes detenidos en Amberes, quienes afirmaron haber actuado por considerar que se trataba de “dinero fácil”, ilustran claramente esta dinámica.

Estado en el que quedó una sinagoga de Rotterdam tras un ataque reivindicado por HAYI en marzo. Imagen: AFP_tickers.
Este esquema operativo pone de manifiesto la importancia de los intermediarios dentro de la posible estructura del grupo. Identificar a estos actores resulta clave, ya que podrían actuar como enlace entre los ejecutores y niveles superiores de decisión. Aunque inicialmente se podía considerar que HAYI carecía de una organización definida y se limitaba a reivindicar acciones oportunistas, la persistencia de los ataques y su progresiva evolución en términos de impacto y sofisticación sugieren un incremento en su grado de estructuración. Esta tendencia también se puede reflejar en una mejora paulatina de sus capacidades logísticas y operativas.
En paralelo, resulta fundamental analizar sus posibles conexiones externas. Diversos indicios apuntan a una posible vinculación con Irán, coherente con la orientación ideológica del grupo y la naturaleza de sus objetivos. Sin embargo, hasta el momento no existe evidencia concluyente que confirme una relación orgánica directa. Aun así, esta posible conexión podría situarse dentro de la esfera de influencia de la Guardia Revolucionaria Islámica o del Ministerio de Inteligencia y Seguridad iraní. Asimismo, no puede descartarse una relación funcional con otras organizaciones chiíes, en particular con milicias iraquíes. En este escenario, HAYI podría estar siendo utilizado como un instrumento adicional dentro de una estrategia de guerra asimétrica de bajo coste, orientada a generar inseguridad en las comunidades judías europeas y a ejercer presión psicológica sobre los gobiernos. Tanto es así que tras el apuñalamiento en Londres, y siguiendo indicaciones de los responsables en materia de contraterrorismo, el gobierno británico decidió aumentar el nivel de amenaza terrorista a “severo” ante la posibilidad de que vuelvan a cometerse a corto plazo nuevos ataques en el país. Todo ello bajo un contexto en el que Reino Unido ha sufrido en las últimas semanas hasta siete ataques reivindicados por HAYI.

Evolución de los niveles de alerta terrorista en Reino Unido. Fuente: Security Service MI5.
Expuesto todo ello, no hay duda de que HAYI presenta una combinación de rasgos que incrementan su peligrosidad: una estructura aparentemente descentralizada, un uso intensivo de intermediarios, la instrumentalización de actores con baja trazabilidad (jóvenes y delincuentes comunes) y una fuerte dimensión propagandística. Lejos de ser una debilidad, este aparente amateurismo podría constituir una ventaja operativa, al dificultar su detección y atribución. En este sentido, más que una organización jerárquica tradicional, HAYI podría estar funcionando como una marca aglutinadora capaz de canalizar y amplificar acciones violentas que se concentran bajo la misma denominación de ataques antisemitas llevados a cabo contra comunidades judías en Europa.