Las siete vidas del terror yihadista

 Documento  OIET 3/2019*

 

El año 2019 ha empezado teñido por la violencia y la muerte que siembran los actores yihadistas en los diferentes escenarios de conflicto en los que tienen presencia. En Europa el último ataque sufrido fue el de Estrasburgo, en el que fueron asesinadas cinco personas; no obstante, el ritmo de atentados es notablemente menor al de los años precedentes. Esta tendencia no significa que la amenaza que encarna el terrorismo yihadista haya disminuido, puesto que a nivel global los distintos grupos continúan representando un peligro.

En el área del Sahel un ejemplo del riesgo que existe es el atentado perpetrado el 20 de enero por JNIM (Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin), grupo vinculado a al-Qaeda en la zona saheliana, contra una base de Naciones Unidas en la ciudad de Aguelhok, al norte de Mali. El ataque se saldó con diez cascos azules asesinados y veinticinco heridos, lo que lo convierte en el más mortífero contra la misión de estabilización de la ONU en el país.

Sin abandonar el continente africano, también ha sido protagonista al-Shabab, el grupo afiliado a al-Qaeda cuyo ámbito de operaciones queda circunscrito al este de África, por su elaborado atentado contra un hotel en Nairobi el pasado 15 de enero. El ataque dejó quince muertos y una treintena de heridos. La actividad de al-Shabab supone una amenaza regional, puesto que a pesar de tener su bastión en Somalia también ha demostrado tener capacidad para llevar a cabo agresiones complejas en países vecinos como Kenia. A pesar de que la administración Trump dejó entrever su deseo de reducir el rol estadounidense en el combate contra al-Shabab en Somalia a principios de enero, el observatorio elaborado por el FDD’s Long War Journal recoge numerosos ataques aéreos durante el primer mes de 2019, el último de ellos del 24 de febrero con un saldo de 35 terroristas abatidos en la ciudad de Beledweyne, según declaró el AFRICOM (US Africa Command).

En cuanto a Siria, los acontecimientos están marcados por el anuncio de Trump de retirar la presencia estadounidense en el país. El presidente declaró que Daesh había sido derrotado y que, por tanto, las tropas sobre el terreno eran innecesarias. A mediados de enero, el coronel portavoz de la coalición internacional contra Daesh, Sean Ryan, anunció que el repliegue había comenzado de manera efectiva. Sin embargo, la realidad evidenció de manera cruel que la derrota del grupo terrorista, que una vez controló un territorio tan amplio como Gran Bretaña, está lejos de ocurrir: el 16 de enero un terrorista suicida perteneciente a Daesh se hizo explotar en un restaurante de la ciudad siria de Manbij. El atentado acabó con la vida de al menos quince personas, cuatro de ellas norteamericanas. Tanto la presencia de combatientes del grupo terrorista como el número de ataques siguen siendo considerables en la franja que bordea el Éufrates y que va desde Deir ez-Zor hasta Abu Kamal. En 2018 tanto Naciones Unidas como el Departamento de Defensa estadounidense estimaron el número de combatientes de Daesh restantes en Siria entre 13.100 y 14.500. Respecto a al-Qaeda y sus grupos vinculados, se han hecho fuertes en el área de Idlib y continúan representando una amenaza ya que su presencia está cada vez más consolidada en la zona.

En Irak el panorama tampoco invita a pensar que la victoria sobre Daesh declarada por el Primer Ministro Haider al-Abadi sea real. De acuerdo a los datos ofrecidos por el Pentágono y Naciones Unidas, el número de combatientes con los que cuenta el grupo terrorista entre Siria e Irak se estima entre 20.000 y 30.000. A pesar de que parezca alejarse del pico de hasta 100.000 del año 2015, es una cifra extraordinariamente alta para Daesh, que ya demostró hace una década que con tan solo unos setecientos combatientes era capaz de adaptarse, reinventarse y ser estratégicamente flexible para sobrevivir en un escenario adverso. Hoy esa cantidad es mucho más alta y la experiencia táctica mayor; el grupo ya ha vuelto a adoptar el rol insurgente en Irak que acabó desembocando en la proclamación del Califato. Según los datos publicados por Michael Knights en la revista “Sentinel” del Combating Terrorism Center de West Point, durante el 2018 Daesh en Irak llevó a cabo más de 1.200 ataques. El enfoque estratégico ha recaído en las zonas rurales de Kirkuk y Nínive, en donde durante el mismo periodo de tiempo asesinaron a 35 y 37 líderes locales respectivamente. En otras zonas como Diyala, Daesh asesinó de manera selectiva a 31 personas, entre las que se encontraban miembros del consejo local y líderes tribales. La hoja de ruta está clara y Daesh ya ha puesto de nuevo en marcha la máquina para exacerbar los conflictos sectarios y extender el terror en las zonas rurales, desde las que pretende volver a hacerse fuerte.

Además de las cifras de combatientes y de la capacidad de seguir realizando ataques de envergadura sobre el terreno, Daesh sigue representando una amenaza a nivel global puesto que su capacidad para seguir inspirando a actores solitarios a llevar a cabo atentados de ejecución autónoma se mantiene intacta. En el imaginario colectivo de sus seguidores siguen ostentando una posición de prestigio y de legitimidad, por lo que sus pérdidas sobre el terreno pueden incitar a la comisión de nuevos ataques. Además, el desmantelamiento de las estructuras protoestatales puede llevar al grupo a reorientar sus capacidades y poner más recursos en planificar atentados coordinados y complejos en el exterior.

También Afganistán sigue sufriendo la lacra del terrorismo yihadista. El 21 de enero los talibanes golpearon de nuevo en la provincia de Wardak. El objetivo fue una base de las fuerzas especiales afganas. El ataque de perfil sofisticado combinó la utilización de un Humvee cargado de explosivos conducido por un terrorista suicida y un posterior asalto por parte de al menos otros dos talibanes, todos ellos vestidos con uniformes del ejército afgano según los testigos. El atentado, que ha dejado un saldo de más de cien muertos y decenas de heridos, se ha perpetrado en un momento en el que EEUU parece centrar sus esfuerzos bélicos en las áreas de Kunar y Nangarhar -zona de más presencia de Daesh. El año pasado a estas alturas los talibanes tenían bajo su control 45 de los 398 distritos afganos, mientras que en 117 se encontraba en disputa con el Gobierno de Afganistán. Hoy, según el observatorio del FDD’s Long War Journal, los radicales controlan 51 distritos en los que viven tres millones de afganos, mientras que los que se hallan disputados han aumentado hasta 205. En este contexto de fortaleza insurgente, Estados Unidos se encuentra inmerso en conversaciones de paz con los talibanes, pues estos rechazaron al Gobierno afgano como interlocutor válido por ser considerado un “títere” de los norteamericanos-. El Presidente Trump afirmó el 3 de febrero en una entrevista con CBS News que los talibanes querían la paz porque estaban “cansados” de luchar. Sin embargo, los datos arrojan luz sobre una realidad muy distinta. Con la situación de poder actual que atraviesa el grupo, unida a la debilidad del Gobierno afgano y la errática política estadounidense respecto al país, la posibilidad de un nuevo Emirato Islámico de Afganistán parece más cercana que la derrota del terror.

El Sudeste Asiático también ha sido protagonista en este fatídico primer mes de 2019. En este caso fue Filipinas la que sufrió un atentado mortal en la provincia sureña de Joló. Una pareja de terroristas suicidas llevó a cabo el ataque en una catedral católica que acabó con la vida de veintitrés personas y dejó a otras cien heridas. El ataque reivindicado por Daesh centró las miradas sobre el grupo yihadista local Abu Sayyaf, señalado por el Secretario de Interior filipino como responsable de haber guiado y prestado apoyo a los responsables materiales del atentado. Después de la dura batalla del Gobierno con grupos leales a Daesh durante cinco meses en la ciudad de Marawi -la región de Mindanao está bajo la ley marcial desde entonces y fue prorrogada recientemente hasta final de 2019-, Filipinas volvió a captar la atención mediática por ser objetivo yihadista. No obstante, la presencia de focos de amenaza de esta naturaleza ha permanecido constante durante este tiempo y no sería sensato ignorarla o desestimarla, puesto que ya se ha comprobado que tienen suficiente capacidad operativa como para infligir daño. También hay que prestar atención a Indonesia, país en el que desarrolla tradicionalmente su actividad yihadista el grupo vinculado a al-Qaeda, Jemaah Islamiyah y donde actualmente existen distintas organizaciones locales con vinculación hacia Daesh.  Con las próximas elecciones generales del 17 de abril, no es descartable una campaña terrorista cuyos objetivos estén relacionados con el proceso electoral, como es habitual en grupos de esta índole.

Los datos expuestos en este artículo ejemplifican la vitalidad actual de los actores yihadistas en la persecución de sus respectivas agendas. También dejan patente que una política sin planificación, improvisada, puede suponer un balón de oxígeno para estos grupos que representan una amenaza real a nivel local, regional y global. La idea de derrotarlos solo aplicando presión militar es absurda, puesto que la batalla narrativa y de las ideas trasciende ese plano. Sin embargo, creer que aliviar la presión sobre ellos en el terreno va a traer consecuencias beneficiosas es igualmente disparatado, además de que pone en riesgo la seguridad pública.

 

*Las ideas contenidas en los documentos publicados por colaboradores son responsabilidad de sus autores.

**La versión corta de este artículo fue publicada originalmente en El Correo (5/3/2019)